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8 jun 2021

Solo un Sith piensa en absolutos

De pequeño recuerdo, mis padres me decían que estudiar me llevaría lejos. Las condiciones materiales cambiaron durante mi educación y ahora era solo con una maestría que alcanzaría mis sueños. Es actualmente que mis metas solo podrán ser cumplidas si tengo mi propia empresa y si soy mi propio jefe. 20 años de vida consciente, 3 recesiones globales y un cambio, tan palpable como sutil, en el imaginario colectivo.

 Recuerdo ese chiste de Slavoj Zizek que me capturó al momento de escucharlo, y parafraseo:

Criatura mágica se le aparece a un granjero y le dice puede cumplir cualquier deseo con el giro de que, lo que le conceda a él, se lo hará al doble al vecino. El granjero contesta "Entonces deseo que me quites un ojo."

Usualmente la gente suele pensar que ese es el paradigma de la lucha por el trabajador. Estamos listos a perderlo todo para que nadie tenga nada, pero como verán esto es muy sencillo, e incluso más obvio, si lo aplicamos al pequeño capitalista aspiracional.

Estoy listo para perderlo todo con tal de que mi vecino no tenga nada... con la diferencia en que yo, con el trabajo, triunfaré donde millones han perdido. Solo es cuestión de tiempo para que tenga todo lo que él ha perdido. 

¿Por  qué habríamos de sufrir si el objetivo es solo sufrimiento? ¿Por qué habríamos de luchar por una meta para que la meta sea solo más lucha? Creo que es una horrible proyección de ideologías. Y de nuevo las comparaciones se hacen más aparentes si se trasladan a su campo. Para el pequeño capitalista consumido, la vida es un sufrimiento con una meta, la de consumir, por lo que, al observar la lucha por la emancipación y no poder concebir otro modelo más allá del que lo produjo, su mente es sobrepasada:

La vida es ser explotado o explotar y, si el producto de la suya no es explotar, entonces debe ser lucha por lucha misma.

Es entonces, donde creo que está mi favorita definición del neoliberalismo, la cual indica que es la transformación de todo aspecto de la vida humana en lenguaje transaccionario. Tantos de sufrimiento entran a la fábrica para que tantos de beneficio entren. Tantas horas frente al computador para tantos de viaje. Tantos momentos con tu pareja para tantos de felicidad. Tantos de opresión para tantos de bellas artes.

He escuchado mucho, al hablar de estos temas, que la respuesta final siempre resulta en la misma supuesta máxima, la condición humana:

El hombre es egoísta por naturaleza.

Volvamos al chiste, ¿Qué acaso no hay egoísmo positivo? ¿Qué acaso no podríamos volver con el granjero, bajo esta premisa, para que nos dijera con una sonrisa pícara "Yo pedí un terreno, ahora mi vecino tiene dos"? El humano es neutro, capaz del mal y del bien, pero limitado por nuestra limitantes naturales materiales, ¿Qué no, dadas ciertas condiciones, todo humano sería solo capaz de generar el bien incluso más allá de sus razones egoístas? 

¿Por qué las cosas no pueden ser buenas solo porque si? El humano, si, quizás tiende al sufrimiento al ver como inmensurables las condiciones que solo lo pueden lo concebir como feliz... pero el hombre siempre encontrará razones de lucha y mejora. Las drogas existen, gratificación química e instantánea, pura y sin destilar, pero no tenemos miles de millones pendientes de la aguja. Las redes sociales existen, retroalimentación instantánea, pero sus números se mantienen o reducen conforme los tiempos avanzan y cientos cierran mientras cientos se abren. Sin embargo a todo estamos aquí, listos, inconformes, queriendo vivir, dignos y plenos. ¿Qué acaso no hay juegos? ¿Qué acaso no hay deportes? ¿Qué no se puede aprender arte o la ciencia? ¿Y por qué no tener una aparente vida mínima y solo consumir de los juegos, de los deportes y de las artes y ciencias como ya sucede? ¿Qué no es eso una función en si misma en el mercado? ¿Qué diferencia hace si lo hace un millonario o un campesino?

En fin. Si me preguntan, yo solo diré:

Solo un Sith piensa en absolutos.


 

31 may 2020

... Y salió ileso

Desde hace un par de días atrás, me había estado sintiendo mal. Muy mal. Físicamente mal. Del tipo enfermo, mal. El primer día fue dolor de cabeza. Al segundo día se le sumó el cansancio. Al tercero dolor de espalda y articulaciones. Al cuarto ya había dolor detrás de los ojos y resequedad de las vías respiratorias. Ahí fue cuando la paranoia comenzó a golpear la puerta.

- Es como dengue, -racionalicé- ha habido tantas lluvias estos días. En alguno de esos baños de sol algún bicho me habrá picado e infectado.

Tomé un baño largo de agua caliente. Dejé el agua hirviendo recorrer mis cienes, garganta, espalda. Diluí en cuanto pude mis mis malestares. Fuera de la regadera di tantas vueltas pude al departamento como al asunto en mi cabeza. Debe ser dengue. No puede ser... lo otro. Busqué los síntomas, cuadraban. Busqué por sintomatología, ¿resfriado común? Posible ¿Hepatitis? No ¿Herpes? Ojalá no. Mi cabello largo por fin se secó y me tiré en cama. Debía de aprovechar esos momentos de bienestar posteriores a la regadera, lo poco o mucho que duren. Varias vueltas sobre el colchón y ya había dormido un par de horas.

Desperté solo para regresar a la casilla de inicio. Todos esos dolores seguían ahí y estaba cansado hasta el alma. No podía seguir así. La paranoia tomó el control y no quería afectar a nadie. Investigué qué hacer al respecto. Escarbé en mi memoria y recordé haber leído algo sobre ello hacía unos días atrás. Finalmente di con los paraderos de los módulos móviles de pruebas y que el más cercano que tenía era el del centro, en Morelos y Zaragoza.
- Voy en el carro, me checan y si solo tengo temperatura, si la tengo, me prueban, y si me prueban, salgo negativo, si salgo negativo... pues ahí muere y todos tranquilos.- pensé.

Me fui como pude, pero no sin obvio antes cerrar las ventanas del departamento, dejarle comida a Artemis y llevarme mi Nintendo Switch con cargador, todo "por si no regresaba". Así me fui al centro, en chanclas, shorts y una playera de dos días. Manejé como pude decidiendo por las áreas más sencillas de transitar. Vacío, como era de esperarse. Llegando al centro en el área del antiguo edificio de correos vi los inicios de un tráfico bastante inusual para el área, el día y la hora, ni hablar de que es en cuarentena. Desaceleré lo más posible para evaluar la situación antes de embarrarme en el tráfico y un auto paso a mi lado. Llevaba un cartel en ambas ventanas los cuales se leía "Fuera AMLO".
- ¡PERRA COLA! La manifestación. Chingado... bueno, a lo que vine.

Los rodee como pude y tratando de predecir el curso de la marcha. A como mi lánguida mente me dio a entender llegué del otro lado llegando por Melchor Ocampo. y estacioné por el edificio central de Afirme, en uno de el extremo norte de Morelos. Tomé mis cosas y comencé a caminar, aplaudiendo las chanclas con cada paso forzado que cada claxón hacía peor. El dolor. La incomodidad. Esos claxons. Los carteles. Unos eran a mano en hojas de libreta. Otros impresiones de impresoras de poca tinta. Otros ni siquiera tenían bien proporcionado el tamaño del cartel y terminaron en sopas de letras a los extremos. Mi mente comenzó a volar y ya no estaba en mí, sino en ellos y sus alrededores. Los camiones solo querían hacer su chamba, así que los rodeaban con la típica torpeza e impunidad de chofi y los pocos transeúntes que les rodeaban ni se inmutaban. Había policías guiando la manifestación, pero eran más bien tránsitos que otra cosa.

Llegué a la esquina del edificio Acero. Me detuve ante la luz roja que detenía, no a mi, sino a los autos. Una persona me llamó la atención en particular. Primero, con medio cuerpo fuera del quemacocos blandía una bandera, luego la atención se fue por lo flaca que se veía. La bandera parecía más pesada que ella. Finalmente, miré su gesto. No había convicción. No había tristeza o al menos rastros de resentimiento. Tomé el celular para capturar un par de fotos y comenzó a ondear la bandera al tiempo que el semáforo cambiaba.  En eso se me acercó un hombre de edad avanzada, piel morena y lleno de lunares que empedraban su rostro sinuoso. Apuntó a la bandera, la cual se alejaba en el horizonte y dijo:
- ¿Sabes qué significan esos colores?
- ¿Eh?
- Chile, tomate... y cebolla.
- ¿En serio?
- El tomate está sin impuestos... unos lo mueven para...

El sujeto inició un discurso casi febril sobre impuestos, exportaciones, químicos y güeros con miedo. Realmente quería ponerle más atención y Dios sabe que quisiera recordar más de ese monólogo para poder darle registro pero realmente me sentía muy mal. Lo que es peor, su interrupción me liberó del trance, me estaba volviendo a sentir mal. Lo único que parecía claro era su desdén hacia los manifestantes. Aproveché un momento de silenció en su monólogo para agradecer sus palabras, le desee un buen día y me aleje pesadamente de aquél hombre sin embargo nuestra conversación ya había atraído miradas. De pronto, ya no era yo quien estaba observando y, con cada carro que pasaba, las miradas se hacían más pesadas y los autos más grandes, más brillantes. Parecían como si fueran parte de un safari del cual no querían participar. La primera vez que me sentí especialmente incómodo, admito, le pinté el dedo a una anciana y le lancé una mirada profunda, de enajenado. A los segundos recapacité y seguí mi camino. No era mi, era la fiebre hablando y estaba más enojado al hecho de que estaban bloqueando mi paso que otra cosa.

A la altura del Faro de Comercio me acerqué a un policía y manteniendo mi distancia, y él la suya después de hacerle un gesto con ambas manos, le pregunté:
- Disculpa, esto sonará raro... pero genuinamente creo que tengo "la enfermedad"... y tengo entendido que hay un módulo de exámenes cerca, ¿podrías decirme dónde es?

Señaló hacia al extremo sur de Morelos, al edificio de Banorte, a lo cual le agradecí. Me acompañó unos cuantos pasos y luego volvió a señalar:
- Es ahí.
- Muchas gracias hermano.

Vi el toldo, las pantallas con información y la estación móvil a unos cuantos pasos, cada vez más cerca, solo para realizar a los pocos metros que estaba cerrado. Todo esto para nada. Estúpida fiebre, estúpido miedo. Estúpido virus. Berreaba mentalmente cuando los autos volvieron a parar su paso a la luz del semáforo y miré a mi derecha. Desde un auto lujoso una familia me miraba con notoria confusión, o eso creía. Por un segundo quise disimular, aprovechar que estaba caminando para seguir y hacer otra ruta de vuelta al auto. Sentí vergüenza, me sentí derrotado. Triste. Evalué en instantes qué haría. Un plan de escape. La falta de claridad me detuvo. Estúpida indecisión. Ya habían pasado varios segundos. Pude haber malinterpretado esas miradas, pero ya no. El corazón golpeó el pecho en un arrebato. Un trueno de furia me arrebató el pensamiento. Yo no estaba mal. Ellos estaban mal. Ellos creen que se sienten mal cuando yo que me siento mal. Así son las cosas, así siempre serán. Eso es algo que nunca sabrán. Nada es un accidente. Todo tiene una historia. Todo.

Esa furia no es tuya.

Pero estaba ahí y se sentía propia.

Tú no importas, eres único más no especial.

Todo. Hasta esa furia. Incluso mi enojo. La rabia es el mecanismo de defensa de la frágil mente buscando compensar la vulnerabilidad del momento. De mi momento. Pensé en hace minutos. Reí un poco recordando el rostro de la anciana. No otra vez. Quizás. Pero no. No es su culpa. No es de nadie. Al menos no de nosotros aquí presentes. Volví a mirar la cola de autos. De claxons. De pancartas mal escritas y un par de vírgenes escondidas entre símbolos patrios. Si tan solo. Volví a reír por el rostro de la anciana y lamenté no memorizar el discurso del Morgan Freeman perredista.

Tomé un par de fotos. Regresé chancleando mi camino de vuelta al carro y manejé de regreso casa por el camino largo.

La verdad me siento mejor hoy. Mucho mejor. Ya fui a consultar, era solo una infección en la garganta que se agudizó por el estrés.



30 dic 2019

Setenta veces Siete

Recuerdo haber pensado en esto mientras veía VH1 en casa de mis primos. En año nuevo, cuando se es muy joven y se encuentra uno en una ciudad que desconoce, no hay mucho qué hacer. Hay mucha gente como para ayudar en la cena, no eres lo suficientemente despierto como para participar en las pláticas sobre cómo subirá el precio de la gasolina, no eres lo suficientemente grande como para beberte el día hasta la noche. Así que lo que tenía en ese momento era la televisión. Y en ese momento resulta que estaba VH1con lo mejor del año. Los mejores momentos, los mejores vídeos, discos, artistas y actores mejores pagados. Recuerdo a una afroamericana hablando histéricamente sobre las maravillas de Weird Al Yancovic. Recuerdo que esas cosas tenían importancia para mí en esa época, pero realmente no recuerdo el porqué. Solo parecía ser así en ese momento porque lo que parecía ser gente interesante y de mundo lo decían así. Quizás yo quería ser interesante y de mundo. 

Luego de lo que pudieron ser horas frente a la TV, con primos entrando y saliendo, rotándose en turnos como compañía, recuerdo mirar a mi celular. Recuerdo ver todo lo que había cumplido para mí ese año mirando las fotos de la poca galería que tenía. Era lo que se esperaba de mí seguro, pero de igual modo se sentía como grande. Había terminado la preparatoria y aplicado exitosamente para la universidad. Me sentía grande, quizás hasta era interesante y que tenía algo qué contar. Luego vi mi música. Clips de audio que había guardado a través de los años de los cuales aún conservo muchos. Pensé en las letras y medité en como me sentía en ese momento. Como, honestamente, me encontraba conmigo mismo. Pensé en cuál sería mi canción del año.

***

Hace unos días, en mi cuarto y por mi mismo, estaba viendo 31 minutos en YouTube mientras desayunaba. Quizás las cosas no han cambiado mucho en todos estos años. Me tomó un par de episodios terminar mi desayuno y escuché una canción muy buena. Me gustó su tono tan melancólico como esperanzador. De inmediato puse pausa y busqué la canción en una pestaña independiente. Era infantil, seguro, pero tenía algo. La escuché varias veces hasta que memoricé parte de la letra y el ritmo. Quería cantarla mientras tomaba un baño.
- Caramba -pensé- qué buena canción. Me parece contendiente a canción del año.

En ese instante me di cuenta que tenía haciendo esa tradición los últimos 10 años ya. También me di cuenta que no tenía registro de tales momentos. Que no le había dado el lugar que le correspondría a tan gran celebración. Luego pensé en lo que fue el año. Un poco en lo que fue la década. Hacía sentido. Supongo que si alguna vez hubo un buen momento para documentarlo, no había uno mejor que ahora. 2020. Tenía que pensar en como me sentía. Qué es lo que había pasado. Qué tenía en mí. Después pensé que quizás, en realidad solo había hecho lo que se esperaba de mí con mi edad e historia personal.

Aunque también por dentro se sentía realmente como mucho. Me sentía como si fuera interesante y como si tuviera algo qué contar. Pensé en cuál sería mi canción del año.

Lo único que pude pensar es en un castillo de blanca arena con vista al mar.
***

2010
"El año en que me fui."

Julian Casablancas - 11th dimension
Forgive them, even if they are not sorry
All the vultures, bootleggers at the door waiting
We're so quick to point out our own flaws in others
Complicated mammals on the wings of robots.




***
2011
"El año en que se fue."

Johnny Cash - Hurt

If I could start again
A million miles away
I will keep myself
I would find a way



***
2012
"El año en que amé"

Alan Silvestri - A promise




***
2013
"El año en que sufrí"

Ramin Djawadi - Cancelling the apocalypse


***

2014
"El año en que exploré"

Hans Zimmer - Main theme (Interstellar)





***
2015
"El año en que me gradué"

Martin Salvatori - Never forget



***
2016
"El año en que enseñé"

Mercromina - Mil millones de veces

Hay una fuerza en mi interior
mucho más fuerte aún que yo,
al menos mil millones de veces.
Me hará feliz mil millones de veces,
me hará sufrir mil millones más.




***
2017
"El año en que salí"

Asia - Only time will tell
You're on your own
Inside your room
(Only time will tell)
You're claiming victory
You were just using me
And there is no one you can use now
One thing is sure
That time will tell



***
2018
"El año en que casi me iba"

The Magnetic Fields - All my little words

Not if I could write for you
The sweetest song you ever heard
It doesn't matter what I'll do
Not for all my little words
It doesn't matter what I'll do
Not for all my little words



***
2019
"El año en que sobreviví"

Siddhartha - Mi castillo de blanca arena

Que calamidad
que tragedia
volver a empezar
¡que felicidad!
porque arena
porque amigos
siempre hay en el mar.





***

Feliz 2019.
 Feliz 2020.

A todos.
Gracias por tanto.
Perdón por tan poco.

29 oct 2018

Una noche de ese apasionado amor neoyorquino

Era mi segunda temporada como taxista.

La paga era mala, pero lo increíble era el tiempo libre. De vez en cuando uno podía hallarse en una continua línea de corridas y haber sacado el dinero suficiente para sobrevivir un par de días en unas cuantas horas, y de ahí quedaba solo pensar en qué hacer con el resto del día. Lo otro era la gente ¡oh! Dios mío, esos desamparados hijos de Eva. Al iniciar dudaba de mi habilidad, sobre todo de mi paciencia tras el volante. Sin embargo, ya con mi carnet enmicado y con el uniforme escondido bajo el asiento de copiloto, la cosa se ponía fácil. Manejar con la radio encendida era una cosa para lo cual estaba hecho, al parecer, me salía natural.

Sin embargo, de vez en cuando la cosa no dejaba de ponerse odiosa, el negocio involucraba estar asediado por gente, después de todo. Subir a alguien con rostro de apuro solo para descubrir, ya teniéndolo encima que tiene que recoger a alguien en algún punto intermedio, esperarlo, para luego pasar por un paquete a alguna mercería o pastelería de las avenidas junto a la playa viniendo de Las Palmas. Un incesante ir de colina arriba, colina abajo. Lo insoportable no son las vueltas, sino las justificaciones pusilánimes. Vueltas de bodas y aniversarios, con muestras de arreglos, telas de vestidos y centros de mesas. Los peores eran los hombres de negocios medianos. Tratándolo a uno como su subordinado de toda la vida, con desdén y prepotencia como si no fuese posible que en cualquier momento pudiese solo plantarle un puntapié y bajarlo con el dinero en mano. Cosa que pocas veces, pero sí, hice. Otras veces en cambio, podía llegar a ser increíble. Un grupo de funcionarios ladrando sus corruptelas a altas horas de la noche a mujeres quienes claramente no son sus esposas, desquiciados con apenas un puñado de billetes sucios queriendo solo desaparecer, chicas lindas de cuando en cuando. La transformación de las avenidas, de estar cubiertas de familias, asalariados y cristianos, a limosneros, viciosos y abandonados. Curioso como el mismo pórtico de una Iglesia podía pintarse de tan opuestos matices.

Una noche, estando corto de dinero decidí tomar el rondín usual. Si eres listo, comienzas a ver patrones en el servicio, trucos para que uno pueda salirse con la suya. Uno de los míos era estar cerca del departamento de tránsito y su corralón. En ese lugar terminaban todos los desafortunados cuyo por único crimen fue creer que no los captarían esa única vez en su vida que se pasaron una luz roja. Cosa común. A la impotencia ciudadana; se sumaba a la propia de las épocas navideñas. Cloro y amonia. Ya sin auto y sin ningún remedio, los ahora furiosos ciudadanos modelo eran captados por el asiento trasero de mi taxi, el número 23. Esos hombres comunes, de esos que pagan todos los impuestos de sus casas en los suburbios, eran fáciles de timar. Unas vueltas extra por aquí, una curva por allá y se inflaba la cuenta en medida de lo razonable mientras los respetables destilaban el ácido de sus entrañas, el cual consistía en la necedad de la ley del no poder doblarse a su conveniencia, como si el discurso de "yo pago tu salario" no lo hayan escuchado ya antes los polis cientos de miles de veces.

Era la quinta vuelta y ya tenía unos cuántos billetes encima. Otro trabajo bien hecho. Así que me tomé la tarde y me retiré a uno de esas pastelerías que abundan en las avenidas paralelas a la orilla del mar para acompañar café con unos panecillos. Ya tomado mi asiento en la barra del Blue Jay Café, de las pocas cafeterías abiertas las 24 horas, pedí algo para tomar calor y me agazape sobre mí mismo, escuchando al fondo el embravecido mar empujado por gélidos vientos.
- ¿Tienes algunos centavos extra?
- Depende de quién pregunte.-Respondí a la desconocida y rasposa voz.
- Una chica despistada en esta noche fría.- Era una voz de anciana saliendo de un cuerpo joven. Algo que solo se podía obtener bebiendo como beber fuese un deporte o fumando como si cada tabaco fuese vapor puro y simple. O una combinación de las dos. La vi demasiado desprotegida para una noche como la que se vivía ese invierno del '75.- Había escuchado que California era cálido y es mi primer invierno aquí. Creo que confié demasiado en lo que las postales dicen de este lugar.
- ¿De dónde vienes?
- Nueva York.
- ¿Al sur por el invierno? Quizás debiste haber probado México. Allí pareciera que siempre se están cocinando.- Con un ademán señalé al barista y el atendió instintivamente y en segundos en la barra ya se encontraba una segunda taza de americano negro.
- No elegí California.- Musitó mientras daba una tímida sorbida a su café. Su voz se aclaró, pero seguía sin ser acorde a su cuerpo.
- ¿Entonces?
- Son mis padres. Se preocupan mucho por mí, ¿sabes? Como si fuese una especie de niña. Me arrastraron a este centro de rehabilitación.
- Así que, ¿te escapaste? Si tus padres tienen el dinero para traerte acá y encerrarte, seguro ofrecerían buena pasta para recuperarte. Confiar en extraños es malo, ¿sabes?
- No lo harías.
- ¿Disculpa?- No pude ocultar mi automática indignación.
- Tu mirada. Tienes un mirar triste. No pareces triste, pero tu mirada lo es. No te motiva el dinero, lo puedo ver por como aceptaste ofrecerme una taza sin chistar.
- ¿De qué eras fanática?
- Ether... alcohol, hierbas, flores, cuerpos de hombre o mujer, hongos y cristales. Nada inyectado, me gusta mi cuerpo tal y como está. Pero ether. principalmente.- Escuchaba mientras daba el último sorbo a mi bebida.- ¿Los has probado?
- El alcohol es suficiente para mí, soy un hombre sencillo.
- Yo soy una mujer sencilla también. Tomar esas sustancias es sencillo, así como dejarlas. Un día estás volando tan alta como una nube; al día siguiente puedes estar arrastrándote al ras del suelo como una alimaña cualquiera. Y es en esos días en que uno puede llegar a eligir si quiere seguir arrastrándose o emprender el vuelo a voluntad, ¿no crees?
- Supongo que es una forma de verlo. Yo opto por manejar y, cuando manejo, me agrada estar sobrio.
- ¿Te gustan los autos? Mi padre de niña me llevaba a estos shows automotrices. Había autos increíbles, de lujo. Camionetas tan altas como casas.
- No me gustan los autos, solo lo que hacen, realmente.
- No pareces tener muchos intereses. Yo me intereso en todo a mi alrededor.
- ¿Qué sería eso? ¿Pasatiempos de gente rica?
- Claro que no arte, filosofía, cultura. Pensamientos grandes son para la gente grande.
- Bueno, tengo que irme. Espero que los de blanco no te atrapen.
- No entiendes.- Me interrumpió.
- ¿Qué?
- No era por café que te hablé.
- No te preocupes. Pensé que solo buscabas alguien que te escuchase más bien.
- No tengo a dónde ir, ¿sabes? Te lo dije, vengo de Nueva York y no conozco a nadie en kilómetros a la redonda.
- No hay mucho que ver a kilómetros a la redonda, lo sé. Los he recorrido.
- Vaya, suena interesante, ¿pues qué eres?
- Nada importante, así que, si me disculpas...
- Por favor.- Interrumpió- Solo será una noche... a la mañana siguiente llamaré a mis padres, quienes me mandarán dinero, podría darte algo en agradecimiento por tu tiempo y la noche, luego me iré.
- Oh, bueno... adelante.

Salimos del café a la penumbra de la noche y fuimos abrazados por la corriente del Pacífico. Llegamos a donde había aparcado el auto y parecía como si el frío hubiese decidido también viajar con encerrado con nosotros, absorbido por la estructura metálica. Subimos temblando.
- Toma.- Extendiéndole mi uniforme de debajo del asiento.
- Ah, ¿entonces eres taxista?
- ¿Qué no era aparente?
- Que si eres algo después de todo.
- Lo que soy, es que soy un tonto.- Encendí las luces y arranqué el auto. Sin notarlo había tomado el camino largo, paralelo a la costa, lo cual ella aprovechó para seguir hablando.
- Yo soy un espíritu libre, creo que por eso mis padres me tienen miedo. Porque ellos viven encerrados en sus oficinas y buros, yo no. Le tienen miedo al cambio y la modernidad. Yo salgo a obtener experiencias. La vida de California parece apacible. Es como un pueblo pero con tiendas. Me gusta. ¿A ti te gusta vivir aquí? Es muy distinto a Nueva York a pesar de ser ambas grandes ciudades.
Ella siguió hablando el resto del camino y a cada segundo me arrepentía más y más de mi supuesta buena voluntad.

Entramos a mi apartamento luego de un rechinido estruendoso de la puerta.
- Si vas a entrar... pero al menos, ¿podrías decirme tu nombre?
- Oh, si, Catherine. Pero los nombres realmente no son importantes. Te atan. Aunque a veces me llaman Cat, que creo que es más atinado a la realidad. Entonces "atherine" solo se vuelve una carga más.
- ¿Cómo?
- ¿Sabes que los nombres no son escogidos por uno mismo al nacer? Nos son impuestos siempre por alguien más sin siquiera poder oponer resistencia u opinar al respecto.
- ¿Todo eso lo aprendiste en la Gran Manzana?
- Si. La ciudad palpita con cultura y arte. Todas esas casas de artistas, de genios. La expansión de la mente por la filosofía y el ether. La ciencia en servicio del pensamiento y las artes. Deberías ir a Nueva York algún día.
- ¿Y aprendiste a beber?
- Claro que sí. Principalmente vinos importados.
- Solo tengo vinos del valle.
- Mis padres bebían solo licores nacionales. Whiskey, vino. Se encerraban a lo extranjero. Cuando quería beber tenía que salir de casa. Aprendí muchas más cosas fuera de casa que dentro.
Serví dos tragos en las copas más limpias que pude encontrar y procedimos a beber. La realidad es que esperaba que luego de soltarle la lengua; más, si acaso eso era posible, se pusiera somnolienta y finalmente cayese rendida. Después de todo sus palabras fueron que solo sería cuestión de pasar la noche.
- ¿Sabes qué más es distinto en Nueva York?
- ¿Qué?
- El sexo.
- ¿Hablas en serio?
- Así es.- Respondió arrastrando las sílabas.- Con tantos extranjeros... aparatos... posiciones... etheres. El sexo neoyorkino es... amoroso, salvaje pero racional, espontáneo pero calculado. Nunca había experimentado algo así en mi vida.
- Yo tampoco.
- ¿Quieres entender algo de eso?
- No sé si mi mente está lista.
- Descuida entonces, pues hoy tendrás una noche de apasionado sexo neoyorquino.
Tomé las copas y la botella y las tiré al suelo sin mucha importancia cuando noté que Catherine se dirigía hacia la puerta, aún con mi uniforme de la Yellow Beetle Co.
- ¿Qué sucede?
- Si vamos a hacerlo, -contestaba aún con cierta inconsistencia en su tono- vamos a hacerlo bien. Como si este bloque fuera un edificio de la quinta avenida y este agujero el estudio de algún gran pintor pos modernista.
- ¿Qué falta para ello?
- Algo de ether. La pinta de pintor ya la tienes... o ¿serás acaso la de un escultor? Supongo que eso no importa siempre y cuando consiga algo allá afuera.
- ¿Sabes como conseguir?
- ¿Crees que pasé mis días sobria en el Centro de Rehabilitación? Una chica lista puede arreglárselas sola.
- Por supuesto.
- Ya regreso. Podrías aprovechar para recoger un poco aquí.
Se alejó sin cerrar la puerta, a lo cual tuve que parar a cerrarla. No pude alcanzar a verla a través del pasillo. Era sorprendéntemente rápida y centrada para tener encima dos botellas de vino encima.

Pasó una hora. Pasaron dos. Catherine no regresaba. Durante el tiempo que estuve en espera terminé las botellas de vino. Acomodé el departamento y observé que sus pocas cosas que llevaba consigo, las había dejado allí tiradas en el suelo de la habitación. Era un bolso de mano tejido y un par de sandalias. Husmee en el bolso. Entre dulces sin envoltorio y recibos, venía una hoja de registro y dos tarjetas de identificación, en una de ellas se leía "Quiet Shores - Centro de rehabilitación". Tomé sus cosas decidí bajar y salir al exterior por ella. Fue camino a la calle que mi búsqueda terminó abruptamente. Cat yacía en el suelo, en los escalones hacia el edificio, semiconsciente y apenas respirando debido al frío. En sus manos un frasco transparente. Tome todo y la subí al cuarto donde le cubrí con sábanas para que recobrase el calor perdido hasta que su piel fue retomando su color y su mirada dejó de estar tan perdida.
- ¿Sigues aquí? ¿Estás bien niña?
- Soy una mujer.- Replicó con un tono de decisión somnoliento.
- Tirada en el suelo parecías una niña que no sabía lo que estaba haciendo.
- Soy una mujer y sé lo que hago y lo que quiero.
- Solo descansa. Mañana te irás.
- No quiero descansar, lo que quiero es que me hagas el amor. El amor grande como la gran ciudad.
- Eso tendrá que esperar.
- ¿Dónde está el ether?
- Eso también tendrá que esperar.
- Solo quieres reprimir. Eres como todos los hombres. Eres como todos los padres.
- Solo recuéstate... toma algo de agua.- Respondí poniéndolo enfrente suyo un vaso.
- Te dije... que... yo sé... lo que quiero, ¿sabes? Lo que quiero es...
Fue entonces que cayó dormida. Registré de nuevo entre sus pertenencias y busqué por la hoja de registro. Venía la información del centro de rehabilitación y, afortunadamente, una dirección. Esperé algo de tiempo para asegurarme de que estuviese realmente dormida y la tomé a ella junto con sus cosas. El viaje de regreso con cualquier cliente siempre es el más sencillo, sobre todo cuando el cliente está dormido. Este viaje no era la excepción.

Llegué al edificio. La fachada era ostentosa pero de un verde pastoso y opaco, como si no quisiera que la luz escapase de si. Se notaba que anteriormente ese edificio había sido una especie de hacienda o la casa de algún tipo acaudalado adaptada torpe y posteriormente como una clínica. Le tomé de sus piernas y la dejé como la encontré, tirada sobre una escalinata. Eso incluyendo mi uniforme de taxista, cual ya para estas alturas se encontraba impregnado de aromas de solventes y ácido gástrico. Al terminar de acomodarla miré al horizonte. Sin darme cuenta todo este asunto me había robado la noche y ya estaba amaneciendo. En el manejo de vuelta resolví finalmente en lugar de regresar a casa llegar al trabajo y de una vez iniciar otra jornada para quitarme el mar sabor de boca.

Aparqué el coche en la estación y llegué con mi jefe.
- Hank, ¿su uniforme?
- En Nueva York.

18 mar 2018

Recuerdo de una noche de verano

Crecí en una pequeña ciudad a las lejanías del área metropolitana, así que tuve la oportunidad de vivir mi niñez rodeado de naturaleza muy cerca a casa.

Así como amaba la televisión y mis programas animados, me gustaba salir con mi hermano mayor, nuestro mejor amigo; recorrer los riachuelos de la colonia hasta los matorrales, arbustos y mezquites. Tirar piedras al agua, capturar insectos y deambular en general por ahí y por allá.  Jugar al escondite era especialmente sencillo cuando había árboles y arboles en casa tras casa de los vecinos y sus alrededores. Realmente no tengo ningún recuerdo del día a día de mi niñez, solo la idea general. Un resumen de lo que se supone que pasó. Lo único claro que tengo realmente son los sentimientos y cosas en extremo específicas. Un día de verano, tocándonos el anochecer mientras perdíamos el tiempo en la calle, cayeron del cielo cientos de miles de pequeños bichos negros. Hay dos cosas maravillosas que hace la inocencia en los niños ante algo novedoso para ellos, ya sea esto cosa común o algo realmente increíble. La primera es emocionarse por ese algo nuevo, maravilloso, algo digno de compartir con todo el mundo y gritar y estirar de sus ropas a su padre diciendo -Mira mamá, ¿qué no has visto eso? ¿no es genial?-, mientras que la otra opción es aceptar toda información nueva, absorberla como cotidiana por más mágica e improbable que sea rescribiendo así su concepto de la realidad. Para mis amigos y yo, la realidad de ese instante era que las luces de la calle comenzaban a encenderse empero la oscuridad de la noche continuaba su camino conforme palidecían ante la caída constante de insectos minúsculos, oscuros y en forma de escarabajo. Leves golpeteos, secos y rítmicos, nos rodearon e inundaron la calle conforme los animalitos chocaban con el techo de los autos. Tomamos algunas muestras de ellos entre nuestros dedos y confirmamos que efectivamente, eran escarabajos.

Deliberamos sobre las plagas de Egipto y bromeamos sobre el fin del mundo por el momento. Nos reíamos del Apocalipsis sin saber siquiera sus consecuencias. En retrospectiva, si la vida sobre la tierra hubiera acabado en ese instante, no me hubiese molestado en lo más mínimo. De igual manera y como ya se habrán dado cuenta, el Universo no colapsó, creo, aquella noche de verano. Sin embargo, nuestra apreciación de aquél espectáculo tuvo que esperar abruptamente debido a que uno de entre nosotros sintió un repentino malestar. Su piel había sido rociada en el cuello, bajo la nuca, y ahora se quejaba de un ardor que describía como insoportable. Era Fred, rascándose de dolor y corriendo a la cochera más próxima de un vecino por refugio ante la seca lluvia. Se hincó y abrió la llave de agua, se posó bajo el chorro y comenzó a tallarse su picadura, pero el dolor no cesaba. Todos  corrimos con Fred y huimos también. Todos en mi grupo de amigos queríamos a Fred, pues era gracioso, pero más allá; y personalmente pensaba, que todo grupo de amigos necesitaba de un Fred, en quien veía una función utilitaria. Una persona en la cual, forzosamente, toda fuente de daño en cualquier nueva aventura iba a recaer, una mala racha de nacimiento la cual alertaría del peligro a todo aquél con quien conviviese durante su vida. Claro que era consciente y aún de niño, que mi idea no era original, solo estaba aplicando los patrones conservados de las personalidades de los grupos de chicos de las caricaturas que veía, pero a pesar de ello me sentía orgulloso de haber pillado la referencia. Más tarde en la vida, cabe mencionar, Fred no pasaría el examen del ingreso al Instituto y se quedaría en una escuela muy lejana a la de nosotros, desapareciendo por el resto de nuestras vidas. Y ahí estaba yo, orgulloso de tener un grupo de amigos, un buen grupo de amigos. Orgulloso de no ser nuestro Fred, un raro orgullo acompañado de empatía, mientras lo veía retorciéndose del malestar en su cuello. Nos acercamos a él y vimos el enrojecido de su piel.

- ¡Vámonos!- gritamos, en medio de la calle y llegamos a casa de nuestro amigo. Su madre lavó su herida con alcohol y le puso una venda con ungüento, el cual eliminó la sensación del dolor. La lluvia cesó y Fred no volvió a salir en el resto de la noche.

8 jun 2017

Nintendo DS

El Nintendo DS fue la primer consola que tuvimos mi hermano y yo de última generación. La obtuvimos el mes de diciembre del año en que salió, 2004, a solo un par de semanas de su fecha de salida en Norteamérica. En esos tiempos, comprábamos a revista "Club Nintendo" de manera religiosa cada mes. A veces mi hermano, a veces yo, pero siempre estaba un ejemplar en casa a pesar de que en ese entonces no teníamos consola alguna de Nintendo, en realidad teníamos un PS1. Supongo que finalmente y luego de meses, nuestros padres se apiadaron de nosotros.

En un viaje a Monterrey visitamos una pulga. Jamás habíamos visitado una hasta ese día, pero nos habían platicado ya de ellas, que eran lugares donde podías conseguir de todo, barato y casi al momento de su salida al público, también nos la habían descrito como "un mercadito, pero en grande y de que abre todos los días", así que con esa descripción no sabíamos que esperar realmente, pero la imagen en la vida real resultó muy acertada. Al llegar mi padre y luego de estacionar el Atos rojo dificultosamente entre estrechos corredores creados por los espacios dejados de autos mal estacionados, bajamos a la Pulga Mitras. Efectivamente, eran puestos que rozaban entre lo formal de una tienda departamental, hasta lo decadente o pintorezco de un mercado informal. "Playesábanas pimp" de Bugs Bunny y compañía, bolsos, juguetes, cosas usadas, cosas nuevas.

Un puesto de videojuegos resaltó entre los demás. Una vitrina rectangular de cristal, tan alta como una columna, dejaba ver filas de juegos de GameBoy Advance, Color y Nintendo 64. Perdidos entre los colores de los cartuchos y sus portadas, no nos dimos cuenta de la compra de mi padre, y solo vimos de manera rápida como guardaba la caja de la consola en una bolsa de color negro opaco. Nos fuimos. Hasta ahora es fecha que no sé como diablos le hizo el viejo para preguntar y dar por él, pero su iniciativa jamás será olvidada, claro está.

El camino de regreso a casa de mi abuela se hizo eterno y de pronto las avenidas parecían tener el doble de longitud, el triple de tráfico y todo semáforo parecía tener un solo color, rojo. Sabíamos que era, que estaba en la bolsa negra, pero no lo podíamos creer. Era extraño, porque nada mágico en Monterrey parecía suceder nunca en la vida y de pronto en un día más de inicios de diciembre, mi hermano y yo estábamos a punto de tener la consola de última generación. En el sillón reposamos la caja y la vimos por un instante en silencio. Nada ceremoniosamente abrimos la caja.
- Es su regalo, ya pueden abrirlo.-dijo mi padre.- ¡feliz Navidad!
Abrazamos a nuestro padre. Examinamos el manual de instrucciones, seguridad, póliza de garantía, y un pequeño cartucho delgado como nunca habíamos visto antes, "Metroid Primer: Hunters [First Hunt]" decía.

Al iniciarla, la consola podía personalizarse hasta cierta extensión. Decidimos un nombre en común, Smash! (nombre el cual en un futuro también compartiría con un 3DS original negro), y el color del menú se eligió en azul oscuro. Calibramos la pantalla táctil con la plumilla. Luego de eso comenzamos a hurgar entre el software pre-instalado y demás opciones de personalización. Llegamos a Pictochat y simplemente comenzamos a dibujar... dibujar y dibujar. Las imágenes no se guardaban, nos dimos cuenta luego de hacer una prueba de juego con el cartucho demo de Metroid, pero la magia de una pantalla táctil para esa época era suficiente. Dibujamos por días.


***

Estaba limpiando mi cuarto, recogiendo. El polvo se estaba yendo, las pelusas barridas llenaban el recogedor mientras el bote de basura ya no tenía capacidad para más. La colección de juegos la había reacomodado, consola y franquicia. Observé Pokémon Soul Silver, y lo probé en mi 2DS azul cristal. Jugué un rato. Pasé a otro juego. Final Fantasy III. Luego a Kirby Super Star Ultra, Advance Wars: Dual Strike. Se fue otro rato. Llegué a Mario Party DS, y de ahí pasé otros. Tomé Mario Kart DS. Es mi favorito por muchas razones, pero dentro de las objetivas se encuentran los retos de manejo, la creatividad y cantidad de pistas, la capacidad de jugar con varios jugadores con una sola tarjeta de juego, el primer juego de la serie con opción a juego en línea y sin olvidar que es el juego el cual le dio el aspecto actual a la franquicia. Una soplada a la entrada de cartuchos. Sin respuesta. Una segunda soplada al polvo, limpieza con hisopo y un pase de aire comprimido. Aún sin señal.

Tomé asiento y puse el 2DS sobre el escritorio y retiré el cartucho poniendo otro en su lugar, lo examiné un poco. La etiqueta ya se encontraba algo opaca. Revisé en mi computadora. El juego había salido en 2005 y yo lo tenía, según recuerdo, de al menos año de lanzamiento en GameStop.
- Con mi empleo podría pagarme otro, realmente. Quizás con suerte hasta nuevo, jamás abierto del empaque. Volver a jugarlo, desbloquear de nuevo todas las pistas, los retos y sus jefes.
Lo observé un poco más, sostenido entre mis dedos y sentí, y sabía, que no sería lo mismo. De entrada, no sería el mismo cartucho. No sería el mismo juego por el cual yo había ahorrado por meses con el poco (o mucho) dinero que me daban mis padres cada semana. No sería en la misma consola. Es más, podría salir a comprarlo ahora mismo si quisiera. Esencialmente, no, no iba a ser lo mismo.

Guardé el juego en su caja y puse las basuras, polvos y pelusas en su lugar. Me fui a dormir.

2 abr 2016

Carreras de galgos

Hace ya algo de tiempo, un día raro de esos en los que me sobraba dinero y ansiedad, decidí ir quemarlos yéndome a uno de esos bares a los que solía visitar antes de que obtuviera el trabajo en el periódico. Terminé entrando en el "Bob's hole". Nombre apropiado, porque parecía estar ubicado en el culo maloliente de algún obrero cuello quemado de clase media. La verdad es que se llamaba así porque estaba ubicado en el sótano de un complejo de apartamentos, pero mi versión de la historia me gustaba más. Escogí ese bar porque su giro punk, oscuro, liberal y todas esas corrientes que los jóvenes populares contra-cultura tienen de moda actualmente, así que probablemente no tendría que golpear mi camino fuera del bar ya que termine de embriagarme.

Bajo las escaleras y me adentro en el culo de Bob. Mesas desperdigadas por todo el lugar con sillas tambaleantes y una barra hacia el fondo, todo en madera de un barnizado oscuro que absorbe lo poco que entra de luz. Un hippie malencarado atiende la barra del lugar. Jamás supe su nombre o el porqué de su mal gesto. Quizás cuando la guerra termine, será cuando lo vea contento. Veo un montón de jóvenes. Están inflados de pensamientos e ideales más grandes que ellos mismos y el alcohol les afecta rápidamente. El hippie y yo somos las personas más viejas del lugar. Cada quién se encuentra en sus asuntos; liando porros, leyendo y escribiendo poesía, y lo único que me molesta es la pretenciosa música de fondo, pero nada que el murmullo del alcohol barato no pudiera apaciguar.

Me senté en la barra y pedí al hippie mi primera botella de Mustang oscura. Las rondas comenzaron a volar. Traté de hablar con el hombre pero no me pareció ser del tipo al que le guste entablar conversaciones largas, así que desistí y me concentré en mi siguiente botella. El hombre se alejó de mí para atender a otro grupo de chicos.

La música de sinsentidos de saxofón y ácidos solos de guitarra había comenzado a desaparecer cuando algo de momento terminó con mi trance espirituoso.
- Hey...
- ¿Disculpa?
- ¿Quieres experimentar algo, pop pop?- Era una joven que no parecía haber nunca conocido el sol y apenas haber alcanzado la mayoría de edad.. Una pequeña de contrastante cabello y cejas oscuras y expansiones en cada oreja. Toda cubierta en ropas y mallas negras que llevaba un pequeño morral de mimbre tejido.
- ¡Ja! No estoy interesado en lo que vendas. Guárdalo. Lo que sea que tengas, ya lo conocí, y lo que sea que creas que tienes de nuevo, ya lo viví.
- Pareces estar muy seguro de ello, ¿lo crees así porque eres el más viejo del lugar?- Miré a mi alrededor y verifiqué que efectivamente era el hombre más viejo del lugar, eso sin contar al hippie dueño del bar, pero efectivamente era el sujeto más anciano del lugar o aparentaba serlo.
- Mira, -dije en tono paternal, ya que para mí, la chica no parecía ser una usuaria habitual- esas cosas que tienes ahí son ilegales. Qué tal si terminas con esto y haces algo de provecho... ¡diablos! Zámpate todas de una vez y involúcrate en otros asuntos.
- No eres mi padre.- Soltando una sonrisa un poco irónica.- Sabes... me agradas.
Tomó un lugar a lado mío en la barra. Pedí una cerveza extra esta vez y le guiñé el ojo. Ella la tomó de la barra y comenzó a beber. Hablamos durante varias horas. Su nombre era Catherine, pero le gustaba que le dijeran "Cat" y solo vendía drogas por diversión y dinero extra. Trabajaba en una florería en el centro en las mañanas.
- Bueno, mi buena acción del día termina... diviértete.- Pagué mi cuenta junto con la suya y me levanté de mi incómoda silla.
- Espera, ¿eso es todo? ¿te irás así cómo así?
- ¿Qué esperas? Dijiste que no soy tu padre. Cuídate, y no te preocupes, no voy a denunciarte.
- Espera, ¿qué harás después? Es medianoche apenas... la noche es joven.
- ¿Y? ¿No se supone tienes un trabajo?
- El negocio es de mi tía abuela, puedo llegar un poco tarde. Jamás sería despedida...
- ¿Confías en ello?
- Si. Mi familia quiere que haga algo de provecho y como no estoy interesada en casarme todavía pues...
- Por supuesto.
- Entonces, ¿qué dices, eh? Quiero saber como se divierten los viejos.
- Bailan danzón y alimentan a las palomas en la plaza. Hasta luego.
- ¡No! Pero los viejos raros... los viejos como tú. Esos que van a los bares en medio de la noche y tienen gesto de los mil diablos.- Tomó de mi mano con sus pequeñas pinzas y me dio una mirada rápida de angustia y tristeza.- Además, no dejarías que una chica como yo ande por ahí en la calle a estas horas. Sola... en las peligrosas avenidas del centro.
- ... toma tus cosas. Ya saldrá algo pues.

Salimos del bar. La noche era de un cielo despejado, sin embargo de pocas estrellas. El neón ahogaba toda fuente de luz natural y hasta la luna parecía estar tímida de mostrar su pálido rostro. Ella aún llevaba su morral y me preocupaba algún chequeo repentino o alguna visita inesperada.
- ¡Hey! ¡¿En cuánto tienes a la señorita?!
- ¿Qué dice aquél ebrio?
- Nada que pueda interesarte, espero.
- ¿Qué pasa grandote? ¿Le temes a la noche?
- Tú solo camina.

Dejamos de lado el distrito rojo y sus edificios de departamentos y me tranquilicé más. A pasos rápidos le siguieron otros más cortos y relajados. Me encontré a un viejo conocido del servicio militar al doblar una esquina, a los alrededores de la estación de autobuses. Era un montacarguistas del periódico, con el cual recuerdo haber hablado varias veces en almuerzos o descansos, seguro terminó por aquí debido a los eventos de la huelga y el posterior recorte general de personal.
- Marcus, ¿qué te has hecho?
A decir verdad, no le quise responder que seguía en el periódico. Era de esos hombres idealistas que venían acompañados de una gran hiperactividad. Aún confiaba en el sistema, por eso se unió a la huelga. Decirle que aún seguía trabajando para ellos sería como aceptar que soy parte del sistema, lo cual en parte era cierto. Pero sobrevivir era sobrevivir.
- Ya sabes, algo de esto. Un poco de aquello. Son tiempos duros.
- Lo sé, lo sé, ¿y sabes por qué lo sé? Porque somos luchadores. Abriéndonos paso en cada oportunidad. Ruñendo hasta los juegos y agotándonos los dedos. Son tiempos así los que generan guerreros como nosotros. Hey, ¿quién es esta jovencita tan linda que te acompaña?
- Ah, su nombre es Cather...
- Mi nombre es Cat.- interrumpiendo.
- Puedes llamarme Carlton. Carl si así lo deseas. ¿Qué haces a lado de mi anteriormente compañero en la lucha?
- Quiero saber como se divierten los grandes.
- Ah, pues diversión... por aquí tenemos mucho de eso. Síganme, adelante. Quizás les interese algo de lo que tenemos por aquí.
Cat me miró y señaló de reojo a Carlton. Tomé eso como una afirmativa y seguimos a Carlton a lo que sea que fuese lo que el llama como diversión.

Entramos a un edificio de ladrillos rojos de aspecto abandonado. Ya adentro noté que si vivía gente ahí, pero más bien eran vagabundos aprovechando el techo sólido para pasar la noche y uno que otro departamento que efectivamente era una vivienda formal. Tenía un patio central rectangular con una fuentecilla en medio. Los alrededores de esta se encontraba cercados, marcando un doble perímetro, uno más pequeño que el otro, entre los pasillos del edificio y el centro del patio. En los pasillos, una veintena de personas se encontraba esparcida observando hacia el centro. Parecían estar esperando algo. Ladridos se escucharon de fondo.
- ¿Qué sucede?
- Ya vienen nuestros participantes de esta noche.
Una rejilla en uno de los extremos del patio se abrió. Eran 7 perros delgados, de colores grises y pardos que salieron de ella y ahora se encontraba en la línea de salida.
- ¡Pobres pequeños! ¿Qué les hacen?- Incrédulamente preguntó Catherine.
- ¿Esos pobres diablos rescatados de la calle? Los cuidamos, tratamos bien. Les damos de comer bajo un techo donde no les harán nada malo.- Fue respondida.
- Uhm... ¿y se hace buen dinero?
- Se sobrevive, si eso es lo que preguntas. Cuidar a poco más de 20 perros no es tan sencillo realmente- comentó entre sonrisas-. Más si los tratas tan bien como yo lo hago. Hasta parece que los malditos tienen sindicato, ¡jaja!
- Claro.- Porque todo se remitía al final a ello.
- Entonces, ¿se apuntan?
- ¿Algún consejo antes de iniciar?
- Observa su mirada. Algunos tienen la mirada de un campeón tatuada en el rostro.
- Por supuesto.

Miré a los perros y los vi como perros normales, cualquiera. Efectivamente se veían bien alimentados. Ninguna especie en especial, nada fuera de lo usual. Lenguas colgando, cuatro patas y una cola que iba de lado a lado. Aposté en la primera vuelta por el corredor bajo el número 4, cuyos ojos de venas saltadas llamaron mi atención, siguiendo las palabras de Carlton. Me puse cómodo en una silla plástica plegable. Cat me siguió y se sentó a mi lado. No parecía estar tan de acuerdo con el espectáculo por el dejo de angustia que su rostro reflejaba, pero la seguridad con la que se nos habían explicado el giro la dejó menos ansiosa.
- Así que, ¿esto es lo que haces en las noches? ¿sentarte y ver un montón de perros correr en círculos?
- Estabas ahí cuando el hombre dijo que no me había visto en meses... esto es nuevo, tanto como para ti, como para mí.
- Apostar con la vida... no me agrada la idea.
- ¿Tomar drogas no es a veces lo mismo?
- No lo entiendes.
La carrera inició bajo el imperceptible timbre de un silbato. Los corredores se cargaron a uno de los lados de la pista para acortar distancia y así recorrieron galopando a toda velocidad la pista. Ya tenían todo el asunto dominado. Este giro seguro debe tener ya varios meses. La carrera acabó y, como magia, BigJim, el número 4 había ganado en una combinación de gritos desesperados y de júbilo. Reclamé mi botín y di una vuelta rápida para revisar a los siguientes corredores y aposté de nuevo bajo la regla de Carlton.  Regresaba a mi silla cuando de camino noté que Cat ya no estaba sentada. O en el edificio en lo absoluto. Revisé varias partes del lugar, caminé todo los pasillos y alrededores pero no hubo rastro de ella, así que decidí salir a revisar fuera. Tomé mis cosas y me dirigí a la puerta. No me encontraba ni a mitad de salir del lugar cuando anunciaron al nuevo ganador. Era Furious D, el número 2, y de nuevo había salido victorioso.

Decidí mandar al diablo a aquella mujer y regresé por mi botín. Llevaba 8 verdes ya en la bolsa y parecía que la noche solo iba a mejorar desde ahí. Volví a tomar mi asiento, no sin antes agradecer de paso a mi nuevo mejor amigo, Carl, por el juego y el truco.
- ¿Teniendo una buena racha?
- Gracias por la invitación. Te has armado un buen espectáculo.
- Y a ti gracias por el cumplido. Algo de entretenimiento sano para estos pobres diablos no les cae nada mal, sobre todo en tiempos como estos.
- ¿No has visto a Cat por aquí?
- ¿Perdiste tu cita? Lo lamento, pero si. Recuerdo haberla visto caminar a la salida hace ya algo de tiempo. No te preocupes. Estará bien... parece el tipo de chica que sabe cuidarse.
- Supongo.
Ya en mi asiento, noté sobre el hombro, a un hombre a lo lejos. Con su mirada me había seguido desde que cobré mi segunda ganancia hasta haberme sentado. Tomé mis precauciones y pregunté por los baños. Ya adentro, aproveché para pegar una meada. Miré que no hubiese nadie dentro y tomé parte del dinero escondiéndolo en el zapato por si terminaba golpeando mi camino fuera. Era como en los viejos tiempos. Esperé hasta que anunciaran al ganador.

El número 2, Snobby, había quedado en primer lugar, y a mi me tocaba recoger otros 30. Pasé a la caja, que no era mas que la ventana de uno de los departamentos mas sin vidrio y un hombre cobrando, y eché un vistazo rápido. Ahí estaba aquél hombre recargado en una de las paredes. Mirando como me llevaba parte de lo que probablemente era su salario. Sonreí un poco, solo para añadirle sal a su herida e ignorándole con la mirada, sin embargo sabía que él estaría observando. Decidí no sentarme en donde me estaba quedando y tomar otro lugar más lejos de todo eso pero primero pasé al baño a dar otro depósito. El proceso de rutina y ya estaba a punto de irme cuando:
- Hey, forastero...
- Disculpa.- Era aquél hombre.
- Aquí no nos gustan los forasteros.
- Hermano, ¿ya viste este agujero? Aquí a nadie le gusta nadie.
- Sé que tú sabes algo.
- ¿Como qué cosas?
- Aquí nadie viene así como así y comienza a ganar una tras otra tras otra tras otra vez.
- ¿Quién sabe? Quizás es mi noche de suerte, ¿no lo crees?
- Pues yo no he tenido alguna de esas "noches de suerte" en semanas... y vengo aquí todas las noches... estudio a los animales. Los veo, casi tengo mi sistema... y luego tú vienes y ganas y ganas y ganas.
- Solo han sido 3 o 4 veces, ¿sabes?- Pero lo cierto es que, en su paranoia, tenía razón. Lo que yo tenía no era una noche de suerte.
- Te vi hablar con Hombre-trajeado. Él hace girar a los perros... así que no digas que no sabes, que si sabes.
- Deja de joder.- Salí del baño. Justo abrí la puerta, lo sentí como un escopetazo. El hombre me soltó una patada en la base de la espalda y de inmediato caí como un saco al suelo. El hombre comenzó a hurgar en mi pantalón y me tomó la billetera.
- Hijo de la...- Le solté uno recto en la quijada y su boca soltó una llovizna roja. El viejo cayó al piso temblando al momento que sirenas, azul y rojo, inundaron el ambiente.
- ¡Atención!¡Quédense en donde están! Esta es una redada. El edificio está rodeado.
Maldición. Lo que me faltaba.

Los perros comenzaron a ladrar y muchos corrieron a las salidas del edificio solo para encontrarse con una zona custodiada por autos de policía. Me pregunto si alguien realmente pudo haber escapado de eso. Bajé mi mirada y vi al hombre, temblando, pero consciente. Creo que se me pasó la mano, pero él inicio. Lo senté en una de las sillas plegables, lavé mi puño y me alejé de él lo más posible. Si tendría cargos, solo serían por apostar clandestinamente. Policías entraron y a punta de pistola metieron en patrullas a todo aquél que encontraban. Salí por mi propia mano del edificio y me acerqué a una de los coches.
- ¿Tengo que meterme allí dentro?
- Si señor. Está usted bajo arresto.
- ¿Bajo qué delito?
- Apuesta ilegal, promoción de la inmoralidad, alteración del orden público... crueldad animal.
- Por supuesto. Ok.
Subí la patrulla y creo que por haberme portado bien me tocó a solas en la caja del auto. Eso me alegró pero me hubiese gustado más haber visto a Carlton una última vez y ver su reacción ante el hombre tomando de nuevo el fruto de sus esfuerzos. Me pregunto que le habrá pasado. Quizás él hubiese sabido como zafarse de esa.

Terminó la redada y las patrullas estaban llenas de lo peor de la ciudad así que emprendieron camino a la jefatura de policía. Me encontraba sentado, siendo llevado de un lado al otro por la inercia del viaje pero en un momento de lucidez me di cuenta que no llevaba esposas, para variar, así que me puse lo más cómodo posible.
- Hey, ¿y si me dejas ir?
- No será posible señor. Tengo que llevarlo a la jefatura.
- ¿No hay manera de que me libere? Tengo que trabajar mañana.- Y es verdad que tenía trabajo mañana, pero muy probablemente despertaría con un dolor infernal dolor de espalda, así que de igual manera muy probablemente me reportaría enfermo.
- No lo creo señor. No insista.- Y me cerró la ventanilla.
Pensaba en que cada segundo que pasaba, mas me acercaba a la jefatura y a un par de noches que perdería en el trabajo. Se me acumularía el papeleo y mínimo serían 2 noches sin dormir para terminar. El dolor de espalda comenzaba a sentirse y solo quería salirme de allí.
- Hey, acá de nuevo.- Toqué a la ventanilla. El policía volteó al retrovisor y al reflejo agité parte de la ganancia de esa noche. Me dolería, pero en ese momento era una buena inversión. El policía bajó la mirada y siguió conduciendo.

Después de rato el auto en lo que parecía ser un área algo despoblada a las afueras de la ciudad le auto se fue deteniendo. Ya bajo de un puente, en un camino paralelo al río, la puerta se abrió de par en par y ahí estaba el oficial.
- Está bien señor... pero nada de juegos raros, ¿si?- El chico parecía agitado y me estaba apuntando con su arma, así que procedí a responderle lo mas tranquilo posible. Sabía que estaba haciendo algo malo y me dolía un poco el corromperlo, pero pronto mi dolor de espalda, el trabajo y demás tragedias me hicieron olvidar ese pensamiento.
- Mira, el dinero es tuyo si me dejas ir, ¿cierto?- Poniendo ambas manos arriba.
- Cierto.
- Ok. Solo me bajaré. Y caminaré hacia la puerta.
- Si.
- Y... aquí... estamos.- Ya con los ambos pies en tierra.- Tu dinero está allá adentro, en la esquina.- Y le señalé la caja del auto.
- ¿Cómo sé que no me encerrarás estando dentro por el dinero?
- ¿Cómo sabía que no me quitarías el dinero y luego me acusarías por soborno?
- Cierto.
- Ok. Vamos a hacerlo.
El hombre subió torpemente a la caja apoyándose en una sola mano sin dejar de quitarme la vista de encima ni la punta de su arma, arrastrándose hacia el dinero. Me hubiese quedado más tiempo viendo aquél espectáculo pero recordé que tenía que huir. Miré a lo lejos unos árboles y matorrales espesos que tenían una vereda y corrí hacia ellos.

Para la madrugada de esa noche, y como pude, después de un largo viaje por fin estaba en casa. Apenas y abrí la puerta y el dolor de espalda me derribó al instante. Para la mañana siguiente estaba crudo, cansado y con la espalda hecha polvo pero, y a pesar de todo, en mis zapatos tenía algo de dinero extra.

5 mar 2016

Bukowski y la propuesta indecorosa

Esa temporada trabajé en el periódico a medio tiempo de revisor de notas editoriales y a tiempo completo era carguero de cajas en los hangares de repartición del periódico más grande de la ciudad.

La verdad es que una cosa llevó a la otra. De alguna manera, en una noche había terminado colándome en una de esas fiestas de abolengo, de esas a las cuales solo asiste la corriente intelectual de la ciudad y aquellos afamados emprendedores millonarios que sostienen sus vidas de excesos y estancias en el extranjero, solo para regresar de las Europas con palabras elegantes para temas sencillos así maravillando a sus amos igualmente vacíos.

Entre copa y copa, y seguro a más de una señora refinada incomodé, me fui yendo de círculo en círculo de escolapios apretados y títulos universitarios comprados. Finalmente terminé en el grupo del presidente de prensa y jefe de las editoriales. Era un hombre que no solo era inteligente, a como se supone lo eran sus contra partes, las cuales meneaban sus cigarrillos a medio acabar al son de mambos y música de arpa, sino que realmente era inteligente. Sus ojos eran los únicos que brillaban en el fuego del debate y en el juego de las palabras, y gracias a ellos fue que supe lo que realmente estaba detrás de él y que no se encontraba en nadie más en aquella noche en esa fiesta. Así mismo, fueron esos mismos ojos los que me vieron ahí, entre la multitud. Los únicos que notaron, debido a esa mayor capacidad, que yo no pertenecía allí y que algo había de anormal en mi presencia en aquella fiesta.

Se acercó a mí, y la verdad es en retrospectiva que pienso que me alegra que no hubiese llamado a seguridad, dado a que se encontraba en todo derecho, en su casa y en su fiesta privada, y le dije:
- ¿Qué pasa jefe? ¿Qué un simple monta cargas no puede hermanarse en el calor de la bebida?
El hombre sonrió y rápidamente entablamos una amena plática. Efectivamente nos habíamos hermandado en la bebida. Comunistas, hippies y yuppies volaron en los temas y demás trivialidades de las que se supone su periódico hablaba tan fiel como lo sería, y rezaba el eslógan, "el espejo de una nación". Seguro hubo muchas palabras más, pero las que se quedaron conmigo más allá de la nubosidad de la resaca, y me dieron el empleo, fueron algo en el estilo de:
- A los lectores les gusta sentirse listos sin la necesidad de tener que detener su lectura y buscar en un diccionario (lo que no saben)... el instante en el que lo están buscando solo los hace sentirse insultados. Esos son los periódicos menos vendidos y por lo cual las imprentas independientes y de izquierda se sienten tan abandonados por sus inversores acaudalados. A los escritores de verdad les gusta escribir con ideas; pero a los lectores de verdad (los que pagan por la suscripción cada mes, los que importan) les gusta leer doctrinas.

Creo que el hombre notó en mí mi gran capacidad de detectar tonterías y poder convertirlas en algo digestible. Así pues, llegamos a un acuerdo. Yo tomaría las lecturas de su gran portafolio de intelectuales a manera semanal, y limaría las asperezas para hacerlas mas amables a los ojos de sus tan apreciados lectores, sus lectores de verdad. Ya bajo esa premisa y mi nuevo turbio contrato, no pararía de igual manera de trabajar en las bodegas de repartición del periódico. De igual manera, había contado con ello, no saldría de aquél infernal lugar. Pero el dinero extra no me molestaba. Contaría con una nueva máquina de escribir y todos mis insumos necesarios para la lectura y preparación de las nuevas y políticamente correctas editoriales del periódico con cada nuevo mes, de las cuales tomaría prestado de tanto en tanto para mi discurso personal. Pensé también, conforme llegaran los nuevos cheques a mi puerta, podría por fin cambiarme del pequeño agujero de paredes tambaleantes en el cual me encontraba actualmente.

Inició mi nuevo trabajo. Pasaron las semanas y comenzaron a llegar a mi puerta los cheques extra acompañados de paquetes con las editoriales enteras para su delicado trabajo de maquillaje. Y cada semana era lo mismo. Me destrozaba la espalda en la madrugada con kilos de papel fino, y en la noche me destrozaba los dedos, muñecas y la cabeza con kilos de palabras burdas. Comencé a tomar mas que lo de costumbre. Necesitaba algo de estímulo para cada semana terminar con nuevas ideas para esas mierdas a las cuales llamaban pensamiento intelectual. Gané algo de peso extra y mis ojeras comenzaron a hacerse más notorias. Llegué a considerarme la verdadera mente maestra detrás de aquella sección del periódico. Quizás, y en mi enagenación alcoholizada, y con el paso mismo de los meses me iría convirtiendo yo mismo en "el espejo de una nación".

- Qué espejo tan más fúnebre, ¡jaja!
Reía para mis adentros mientras seguía matando a mi máquina de escribir reluciente, ahogando con palabras suaves pensamientos agudos.

Un día, de entre el correo habitual, llegó una carta extra a las que recibo de manera acostumbrada. La dirección del remitente pertenecía también al correspondiente al periódico, más sin embargo no se parecía a la carta de cheques y definitivamente no era un paquete editorial. Abrí así pues la carta con la misma curiosidad con la que la noté de entre mi correo y decía algo así:

***

- Estimado Henry
Yo sé quién es usted, mas sin embargo yo sé también que usted no sabe quién soy yo. Lo he estado viendo desde aquella fiesta en Hill County, y desde ese día mi mirada y pensamiento no ha dejado de estar lejos de usted. Sabe, sé que usted está detrás de muchas de las argucias las cuales han estado colmando últimamente al periódico. pero también sé que usted es uno, como las decenas, también de las personas que en sus hombros anda cargando filas de diarios cada mañana en el periódico. 

Me tiene intrigado. Es demasiado bajo y luminoso como para la vida allá abajo en los almacenes, pero es demasiado rudo y osco como para la vida acá arriba detrás de las mecanográficas.


Es un misterio, y lo quiero resolver. Me tomé la libertad de tomar su número de entre las oficinas del periódico, espero que no le moleste. Si responde que si a este correo bajo mis indicaciones, yo le contactaré y podríamos agendar una cita en el futuro.

Un saludo a usted, mi intriga de espaldas anchas.

[Firma de lo que efectivamente era una mujer]

***

Terminé de leer la carta y la puse sobre mi pequeño mueble de cama, afirmada bajo el peso de mi último riedel. Pasé la noche sin escribir nada, con la espalda hacia arriba siendo acariciada por el ventilador de techo. Había sido un día particularmente caluroso y la bodega no ayudaba en nada a querer terminar el trabajo. Debido a esto último, para la mañana siguiente tomé la máquina de escribir y varias de las editoriales y me las llevé al trabajo. Terminando de mover el periódico me iría a algún lugar donde nadie me jodiera y me pondría a terminar esto. Un noche menos, como me di cuenta, sin escribir y la remesa entera de una semana se podía ir al demonio.

La mañana llegó y los camiones parecían interminables en su llegada, así como interminables en el hecho de que no parecían llenarse nunca de los condenados periódicos. Terminé por fin y a fuerza de orgullo los lotes y lotes de diarios. En cuanto pude, me lancé a mi casillero. Por la prisa y me alegro de ello, dejé colgado en su palabrería habitual a mi jefe de los cargueros, aquél míster Jones, hombre de bigotes de serrucho y overol permanente. Busqué en el edificio alguna esquina tranquila lejos del rugir de los camiones y el trastabilleo de los diablos de carga y comencé el proceso de lectura-escritura. El fervor del haber previamente movido una monumental cantidad de peso encima debió haberme afectado de alguna manera y en menos de lo previsto ya tenía un par de escritos fuera. Todo sin una gota de vodka. Me sentí orgulloso de mi mismo por un instante y troné mis dedos, aún cálidos de la intensa sesión de mecanografía.

Miré el reloj de pared y me di cuenta que contaba con tiempo de sobra, algo que no tenía ya en mucho rato, lo cual últimadamente me llevó a pensar y dejar volar el testa. Varios temas pasaron por mi mente, recordando así, la última gran plática que tuve, y ebrio para variar, con mi nuevo e inesperado jefe actual. Entre lo poco y lo mucho, aquella carta pasó por mi mente. Y si, efectivamente, el ocio es la madre de todos los vicios. Con mis dedos, que permanecían con ritmo, comencé a escribir mi respuesta:

***

Estimado/a desconocido/a
(Aún jugando con la idea de no saber de qué se trataba)

Si usted se mantiene en intriga, déjeme hacerle saber que usted me tiene a mí aún más en ascuas, ¿quién es usted y por qué me ha seguido estas semanas? ¿está segura que soy yo lo que que cree que soy? ¿o que soy yo lo que usted cree? La verdad es que quizás yo no sea lo que usted cree que soy y yo creo que usted es lo que yo creo que usted es.

Ya terminemos pues y entonces con estos jugueteos de jardín de infantes para que usted atienda lo suyo y yo siga con lo mío. 

Esto quiere decir que si, y si así usted lo desea, llámeme. Llámeme y desiluciónese de lo que tenga que desilusionarse que yo reafirmaré lo que ahora mismo estoy afirmando.

Un saludo, su desesperado de hombros encogidos

[Aquí firmé con una equis (X) emulando su formato]

***

Terminé la carta y la dejé en manos del sistema de correo interno del periódico. El día transcurrió y de camino a casa compré un nuevo juego de cristalería para celebrar mi maratón de escritura. En la fiesta personal, se rompieron unos 4 vasos, pero hasta el día de hoy, le sobreviven unos 8 en la alacena. Creo.

27 dic 2015

Interestelar

Nunca había visto el cielo así de estrellado en mi vida.

Estábamos en el frente de la casa los cuatro con una panorámica de postal. La iglesia, el lago reflejando el atardecer, y la única mata espesa de árboles en kilómetros. Descansábamos después de un día largo de exposición al sol, polvo y a esas malditas vacas. Amenizaron el ambiente con música "para biólogos" con la lámpara-radio-mp3. Bebimos un poco.
- Es que esto es la vida, te digo. Solo sentarse... y estar. En la ciudad. Puedo estar en la ciudad, conocer gente, liarme con algunos tíos. Pero estar. Solo ser. Solo se puede aquí.
Los rojos, naranjas y azules se combinaban chocando con los bordes de las nubes mientras hablábamos. Era una locura, y los más grandes comenzaron a hablar de cámaras cuyas lentes fueran lo suficientemente buenas como para captar todos esos colores.

Habían traído cervezas de nuevo, una caguama para cada uno para decirle hola a la noche. La mía la acepté luego de un "¿Nos vas a dejar morir, Canalillos?". Un gran acto de persuasión. Sentados ya todos en el suelo, en la camioneta o en la banquetilla, mis compañeros no creían en mi emoción.
- Nunca había visto la noche tan llena... la vía láctea tan clara.
- El cielo de Valle estaba así de claro también, ¿no lo recuerdas?
- Cuando iba los días eran soleados, despejados... pero las noches eran nubladas, frías y húmedas. Yo llevaba la lluvia al desierto.- bromee.
- ¿Nunca te tocó así?
- Las varias veces que fui nunca me tocó ver la noche así... algo así como esto nunca.
- ¡MIRA UNA ESTRELLA FUGAZ ALLÁ EN EL...
- Oh... ¿¡qué?!
- Ya no la viste... que debes estar concentrado tío. Seguro ya vendrá otra pasar. Pero atento, venga.

La cosa continuó y se agarraron platicando tragedias entre ellos, con mis cortas participaciones y chistes aquí y allá. Los dos más grandes llevaban la plática, y los dos tipos de extranjeros escuchaban atentos. Yo seguí la plática mientras la mirada la mantenía fija en el cielo. Saqué un par de sillas para estar más cómodo, la primera me la ganó Paz. - Ah, gracias, no te hubieras molestado mi buen...- dijo mientras lanzaba su colilla de cigarro al suelo y acomodaba la silla en el pórtico. Acomodé mi segundo intento de sentarme. Hablaron de tiempos mejores y de personas, verdaderos personajes que salían a esas primeras expediciones. Cuentos de narcos, muertos, fondos de empresas perdidos, penes y trabajos que apenas salieron por borrachera, mujeres, ineptitudes administrativas, errores ajenos y demás chorradas.

Las historias pasaron y cada cuento del pasado terminaba igual, trasladándose al presente bajo la premisa de:
- Pero que fue de aquél... el Viernes?
- Se casó.
- ¿Y del Chinche?
- Ya con güerquillos... anda jalando para Protección Civil. El otro día me invitó a agarrar el pedo ¡Nah! Tira león. Había apenas llegado de un trabajo para la eólica. No lo vi.
- Si, yo tampoco los he visto al cabrón. Ya a nadie le gustan los hoyos funky.

En ese mundillo, todos se conocían, dijeron.. Y si la cagas en una, dijeron también, estarás quemado en todas partes... porque aquél trabajó con aquél... que irá con aquél... y así continuamente en trabajos. Los bichólogos trabajan... y parte de trabajar es estar así también, de repente. Solo platicando. Y así mismo saben quién está o no, o qué está haciendo, donde acaba. En qué termina, porqué y como. El país es grande pero todos se conocen... o todo se conoce.

Una estrella fugaz cruzó de horizonte a horizonte.
- ¡¿La viste?!
- No, ¿cuál?
- ¡Já! Ahora tú la perdiste.
- ¿Entonces qué te parece Canalillos? ¿Zacatecas el siguiente año? ¿Galeana o qué?
- Jaja, ¿de verdad?

Eran un millón allá arriba más otro millón acá abajo.

He sido dañado de por vida.

Fui alguna vez y no sé si lo volveré a ser jamás.

24 oct 2015

Y volví a salir a caminar

Así que volví a caminar un poco por ahí y estaba nublado, más no lloviendo. Aún así, una pelusa de humedad cubría el ambiente robándose el calor de toda persona que se encontrara afuera. 

En el vacío de la noche me encontré caminando, en medio de la calle y en sentido contrario al que me dirigía, a un grupo de niños, esto en un barrio de esos en los cuales los niños no deberían estar caminando en medio de la calle y en el vacío de la noche. Miré alrededor y vi un montón de negocios, unos cerrados por estar fuera de horario y al contrario. Entre ellos había un OXXO, el cual contaba con un sistema completo de cámaras de seguridad, y, en contra esquina de este, un motel cuyas puertas de la recepción se encontraban abiertas, dejando ver el rostro apenas iluminado del recepcionista gracias a la pantalla de su teléfono inteligente. A lado encima de él en el techo, una cámara apuntando hacia el exterior.

-Al menos es algo- me dije a mi mismo. Sin embargo, fue en vano. La idea de las cámaras apuntando hacia todas direcciones en ese punto específico de la calle de comenzó igual a inquietarme. Otros pensamientos comenzaron a tocar la puerta, mas en cambio fueron interrumpidos por el empate de mi camino con el de los niños. Todos, siendo 4 niños, 3 chamacos y una pequeña, venían solo lo suficientemente arropados para el clima actual de la ciudad, con sus rostros cubiertos por las sombras de las gorras de sus chaquetas proyectadas sobre sus caras.

Les miré fijamente y el más pequeño de los niños, de la mano de la única niña, notó mi mirada posada sobre ellos, alzó su cabeza revelando su cara y me devolvió el gesto. Ya cruzadas las miradas, y ya habiéndolos rebasado con mi paso, le sonreí con extrañeza y le saqué la lengua.

El niño se detuvo.

Yo también.

La niña, la cual iba de la mano de este, se recuperó del paro repentino.

- ¿Qué tienes we? ¿Qué traes vato? Sobres jijotugrgrgrgr gorororo grgrgr.
Sé que el niño no tenía impedimentos para hablar, pero ya con la distancia y el ahora, sonido de la lluvia de fondo, no podía descifrar que se supone que me estaba diciendo el niño. Bueno. Quizás lo único que quería era no escuchar improperios saliendo de la boca de un niño. La verdad, no sé. Así que con ese gorjeo, di la media vuelta y seguí mi camino.

Seguí caminando y la lluvia se intensificaba así que decidí matar algo de tiempo en un OXXO, uno el cual no era le del sistema de cámaras de seguridad.

Me acerqué a la caja y la poca fila que existía consistía en una niña junto con la que parecía ser su hermana menor. Volcó su baja estatura frente a la trabajadora del mostrador y le mostró lo que iba a comprar con las manos apenas alcanzando a las manos de la cajera. Era una tarjeta de lotería, de esas a las que a veces llaman "raspaditos", en los que se pueden ganar de entre 20 a 10,000 si se tiene la suficiente fortuna. 

Al notar esto le miré raro... muy raro... demasiado extrañado... quizás mucho muy demasiado. Levanté la mirada y la cajera notó mi estupor, a lo cual respondió con una sonrisa que decía "A mi ya no me sorprende, pero es agradable ver que a alguien si" y terminó de atender a la niña. Creo que con eso dio en el clavo. Y ahora era mi turno frente a la caja. Pagué mis cosas y me tomé algo de tiempo frente a la puerta. Al vidrio lo recorrían caminos de agua y permitía poca visibilidad al exterior, sin embargo comenzaban ya a menguar la intensidad de su cauce.

Voltee a mi derecha, la niña estaba sentada en el área de comidas de la tienda, le había pedido una moneda a la cajera para poder usarlo en su "raspadito". Me pregunté si había ganado algo, pero mejor decidí irme antes de poder ver su reacción ante la última casilla siendo revelada.

Salí de la tienda solo para darme cuenta que, el niño al que le había sacado la lengua anteriormente, se encontraba ahora solo y frente a mí. Miré alrededor, pero los otros pequeños que lo estaban acompañando, no parecían estar cerca.
- Hey, ¿qué onda?- El niño me miró, se alejó de mi tomando una distancia que me imagino pensó era segura y la mantuvo conforme iba caminando.
- Sabes, es muy tarde para que andes solo por la calle, ¿no crees?- El niño mantuvo la distancia y giró la mirada, al tiempo que escuché un resoplido tirado al aire. Seguí el sonido. Le pertenecía a un policía, el cual estaba acompañado de varios de los suyos, todos tomando café recargados a los lados de su patrulla.

Imaginé su pensamiento, no era difícil por la manera en la que veían la escena así que corregí mi rumbo.
- Solo cuídate mucho, ¿si? Ya está oscuro, ¿eh?

Seguí caminando y la lluvia se apaciguaba así que decidí aprovechar para buscar algún punto de espera de autobús y por fin regresar a casa.

No transcurrió mucho tiempo y el camión ya se divisaba a lo lejos. Ya de tanto tomarlo, puedo reconocer el patrón de luces de sus tres dígitos en la pantalla digital. Aún a la lejanía, y hasta me sorprendí a mi mismo esta vez, puesto a lo pude reconocer a pesar también de la brizna continua. Lo abordé, así como también lo hicieron las 3 o 5 personas que me acompañaban en la parada.

Miré a la ventana desde mi asiento a la mitad del autobús y observé las colonias y barrios. La avenida está tapizada de negocios y bodegas, pero detrás de ellos se esconden casas, eso es algo que a veces se puede llegar a olvidar, se pieren entre humo de asadores y bailarínes de aire

El camión tuvo varias paradas y en una de ellas subió una persona, una que por su aspecto claramente era un vagabundo. Me llamó la atención desde el inicio, debido a la dificultad con la que entró al bus. Lo hizo primero subiendo con delicada torpeza una bolsa negra, para después paso a paso subir completamente, girando la bolsa negra conforme se internaba. 

El hombre, un viejo de alrededor de 50 años, parecía limpio, es decir, su cuerpo, piel, mas no así sus ropas, las cuales se veían descuidadas, como lo estaba su espesa barba y bigote. Volviendo a sus prendas apenas y eran de su talla, una camisa de franela arremangada y una gorra negra. Sus pasos débiles me hicieron desviar la atención a sus piernas, llevaba shorts grises y calzado tipo zapatilla, de cuero rojo y de género inespecífico. Solo estaban ahí, cumpliendo su función. Siguió así pues, arrastrándose por el pasillo y se sentó atrás, más allá de mi panorama frontal.

Pensé en él por un instante.

Las gotas en la ventana evidenciaban el regreso de la lluvia.

Un acorde desafinado de cuerdas.

Al principio no supe que hacer de mí. Me tomó instantes el voltear a mi alrededor, para darme finalmente cuenta de la fuente del sonido. El vagabundo dejó ver el contenido de la bolsa negra plástica, de esas que son para la basura. Dentro había una guitarra acústica, la cual el hombre comenzó a hacer chillar con sus dedos que terminaban en uñas largas y sucias. Los sonidos, porque no eran notas, que salían de sus rasgueos apenas y podían contar como música, sin embargo, la pasión del hombre se transmitía fielmente en todos y cada uno de ellos. Decidí parar de hacerme el sorprendido y dejé al hombre con sus melodías en paz, notas rotas que de alguna manera hacían armonía con los lugares que el camión iba recorriendo.

Kilómetros se recorrieron y el balbuceo de la guitarra se mantenía. Minutos ya de la sesión, y mi pensamiento iba y venía de la música a otros temas. De pronto, y luego de un sinnúmero de idas y vueltas, fue en uno de esos vaivenes de ideas que me di cuenta de algo. Hice un experimento y traté de enfocarme mi mente en otras cosas, pero ya no era posible, y si, era verdad. El hombre había dejado de tocar sinsentidos, o quizás es que jamás fue así, y ahora la ruta estaba siendo amenizada por Nocturna, de Chopin... y si, la anterior era Primavera, de Vivaldi, y la anterior a esa también era otra pieza de sinfónica... y la anterior a esa y a esa, cada músico siendo mejor interpretado que le anterior. Decidí parar de hacerme el sorprendido y dejé al hombre con sus melodías en paz, notas irónicas que de alguna manera hacían armonía con los lugares que el camión iba recorriendo.

Me acercaba a mi destino y noté algo, supongo, esencial; el hecho que el hombre, en ningún momento y a ninguno de los presentes pidió dinero por su música. Tomé unas monedas de mi bolsillo y las miré con detenimiento, luego volví mi mirada al hombre y me concentré en su aspecto. Preparé un pequeño discursillo conforme me acercaba a él y el camión, a su vez, a mi parada.

- Mire, quizás no los necesite, pero tomé, se los ha ganado- si, eso le diría.

Así pues, y con mi discurso ya estructurado, terminé frente a él y extendí mi mano llena de monedas.
- Mire, quiz.. - parando en seco mi oración y al mismo tiempo la música. Sus largas uñas tomaron de golpe todas las monedas de mi mano.
- Já! Muchas... muchas gracias... Dios te bendiga... y mira, si quieres una serenata y con mucho gusto... te daré mi dirección, te daré mi dirección y me buscas, sin ningún costo alguno la serenata...
- Oh, suena genial, serí...
- Y si no es así... mira- Hizo un gesto con la mano acariciándo todo su rostro, peinando sus barbas- recuerda este rostro. Recuerda este rostro y pregunta por tu serenata... te la has ganado. Sin costo.
- Muchas gracias. Dios le bendiga, ¡tenga buena noche!- Me despedí de él gritando conforme saltaba fuera del camión. 

Otros incidentes más pasaron sin pena ni gloria y ya estaba en casa, frente a la pantalla de mi computadora móvil y con mis manos en comida chatarra. Era solo la vida siguiendo. Supongo.