- Seguridad no es hablar fuerte. Ni con blasfemias ni gritando.
- Seguridad no es tomarse constantemente fotos. Ni colgarlas en todos lados ni el tratar de lucir cada vez más pálido, más combinado, erótico o provocativo en cada una.
- Seguridad no es decir frases propias del corporativismo brillante. No es decirse a uno mismo líder ni el repetir a mismo religiosamente mantras llenos de positivismo.
- Seguridad no es ser un rebelde. No es ir en contra de lo establecido, ser un marginal por decisión propia o de gustos alternativos.
- Seguridad no es tratar de verse más estéticamente bello. Ni adelgazar, ni el vestir, ni el enseñar o hacer masa muscular.
- Seguridad no es hacer todo lo posible. Ni tratar más ni buscar más ni ir por el todo.
- Seguridad no es complicación. No está en el orgullo ni en la superioridad. No es intolerancia ni pretensión.
- Seguridad no es inteligencia. Ni "saber" más, ni escribir y hablar en muchos idiomas.
- Seguridad no es tu estatus social. Ni tu trabajo, cantidad de dinero o tus conexiones en las altas esferas ni tu celular ni tu carrera.
- Seguridad no es algo comprable. No se encuentra en el nuevo App de tu celular ni es una capítulo más en la currícula de tu carrera.
- Seguridad no es matar a Dios. No es cavar una tumba a la superstición usando la frase atea de moda.
- Seguridad es algo abstracto cómo todo lo relacionado a lo espiritual, relativo a la naturaleza humana y por lo tanto, corruptible.
- Seguridad es muchas cosas de las que no estoy seguro, pero de lo que si estoy seguro es de las cosas que no lo son.
13 oct 2012
Complementariedad
Hemos llegado a esta vida incompletos, desde el nacimiento.
Desde el primer momento de conciencia en la niñez, nos miramos al espejo, y es en ese momento en que lo sabemos. Vemos con detenimiento la imagen de nosotros mismos, proyectada en el cristal. Y sabemos que hay algo en esa imagen que está mal. Que hay algo que falta ahí.
La realidad que se observa, es un bosquejo del rompecabezas con el que hemos sido creados, uno armado a partir de piezas al azar de lo que alguna vez seremos, de lo que realmente somos. En este rompecabezas sin terminar se pueden apreciar figuras y siluetas, momentos, actitudes y sentimientos, más nunca se observa una imagen completa.
Nos han dado solo unas cuantas piezas y está en nosotros, en nuestro trabajo, ponerlas en su lugar, así cómo buscar el resto de ellas para completarnos.
Algunas piezas las obtendremos de las personas que encontraremos en nuestro peregrinaje, de las cercanas, de las lejanas o de las menos esperadas. No debemos de menospreciar la fuente de nuestras piezas, sino a las piezas en sí.
Algunas piezas nos costarán esfuerzo y dedicación, serán difíciles de encontrar, de poner en su lugar o de que puedan embonar. Algunas vendrán acompañadas de angustia y lágrimas y les llamaremos cicatrices. Otras, vendrán con orgullo y triunfo, y las consideraremos logros.
Durante nuestro camino tomaremos piezas que creemos nos pertenecen y andaremos unos cuantos pasos con ellas, para al final darnos cuenta que no solo no embonan y nunca lo harán, si no que también son una carga en nuestro andar. Las llamaremos culpas y remordimientos.
Algunos las tirarán, y otros simplemente se acostumbrarán a su peso, sin importar el forzar su encaje dentro de sí mismos o la presión que produzcan en sus espaldas.
Al final del día, quizás nunca terminemos de construir nuestro propio cuadro. Nunca terminaremos de recopilar nuestras piezas y nuestra imagen jamás logrará ser nítida al espejo, pero esa es parte de la magia de la vida.
Desde el primer momento de conciencia en la niñez, nos miramos al espejo, y es en ese momento en que lo sabemos. Vemos con detenimiento la imagen de nosotros mismos, proyectada en el cristal. Y sabemos que hay algo en esa imagen que está mal. Que hay algo que falta ahí.
La realidad que se observa, es un bosquejo del rompecabezas con el que hemos sido creados, uno armado a partir de piezas al azar de lo que alguna vez seremos, de lo que realmente somos. En este rompecabezas sin terminar se pueden apreciar figuras y siluetas, momentos, actitudes y sentimientos, más nunca se observa una imagen completa.
Nos han dado solo unas cuantas piezas y está en nosotros, en nuestro trabajo, ponerlas en su lugar, así cómo buscar el resto de ellas para completarnos.
Algunas piezas las obtendremos de las personas que encontraremos en nuestro peregrinaje, de las cercanas, de las lejanas o de las menos esperadas. No debemos de menospreciar la fuente de nuestras piezas, sino a las piezas en sí.
Algunas piezas nos costarán esfuerzo y dedicación, serán difíciles de encontrar, de poner en su lugar o de que puedan embonar. Algunas vendrán acompañadas de angustia y lágrimas y les llamaremos cicatrices. Otras, vendrán con orgullo y triunfo, y las consideraremos logros.
Durante nuestro camino tomaremos piezas que creemos nos pertenecen y andaremos unos cuantos pasos con ellas, para al final darnos cuenta que no solo no embonan y nunca lo harán, si no que también son una carga en nuestro andar. Las llamaremos culpas y remordimientos.
Algunos las tirarán, y otros simplemente se acostumbrarán a su peso, sin importar el forzar su encaje dentro de sí mismos o la presión que produzcan en sus espaldas.
Al final del día, quizás nunca terminemos de construir nuestro propio cuadro. Nunca terminaremos de recopilar nuestras piezas y nuestra imagen jamás logrará ser nítida al espejo, pero esa es parte de la magia de la vida.
29 ago 2012
¿Quién vigila a los comediantes?
Ella ya me había visto derrotado varias veces. Pero nunca como en aquél día.
Mi sonrisa era la única señal en mi rostro de posible alegría, pero por dentro me mordía los labios para no romperme en lo que llevaba de la mañana.
Ella lo sabía, y apuesto a que lo supo desde el primer momento en que me vio llegar, y sin embargo; espero hasta que encontramos un momento a solas para preguntar el porqué de todo. En un acuerdo tácito, mi sonrisa aparente le había dicho que tenía que tomarse el tiempo para hacerlo.
Me tomó de la mano mientras me encontraba distraído y me llevó lejos de la multitud. Mientras avanzábamos por el jardín central, cada vez más la gente y su bullicio se iban sustituyendo por grandes árboles y su batir de ramas al viento. Y al fin, cuando no hubo cuadro en el que se encontrase gente, se detuvo ella y me hizo sentarme de frente a frente.
- ¿Por qué sigues haciendo esto?- Preguntó cortando el silencio. Tomaba fuerzas para mirarla a los ojos, pero sin embargo mis labios aún seguían siendo mordidos.
- Porque así es como debe de ser. Así es como me gusta ser y no tengo más opción.
- Y si es así que sufres solo, ¿te gusta estar seguir así?
Llevé mi mano derecha a mi bolsillo del pantalón y solté una pequeña risa, al sacarla de él, tenía un chocolate. Estaba derretido y repartido entre mis dedos.
- ¿Gustas?
- Lo estás haciendo de nuevo...
-¿Qué?- Claro, cómo si no supiese la respuesta ya. Pero, quizás, deliberadamente recordé ese chocolate que había comprado para más tarde para ese momento en específico. Necesitaba la respuesta que ella me daría. La quería, y más aún, me era necesaria.
- Darle vuelta a todo con un chiste. No tomar nada en serio... volcar todo hacia la comedia.
- Es parte de mí. Si el mundo no ríe, hazlo reír.
- ¿Por qué no puedes admitir que estás triste? Todo es juego, todo es burla y nada es en serio... ¿Por qué te contienes? ¿Qué clase de orgullo tienes?
- Hace ya mucho tiempo [...] desde hace ya mucho tiempo... siempre tuve amigos, gente a mi alrededor con problemas. Serios problemas. A algunos los llevó a hacerse cosas terribles, o decirlas o siquiera pensar hacerlas. Alguien tenía que estar con ellos. Alguien cómo ellos en principio, en naturaleza más no en respuesta. Me convertí en un pilar... o al menos quería parecerlo.
- ¿Y cuándo habrá tiempo para ti?
- No, no... no hay tiempo para uno mismo en la vida del héroe.
- [...]- Suspira mientras lentamente cierra los ojos. Ha reconocido la palabra clave.
- Soy un héroe. Donde los demás han fallado y caído, habrán de voltear y mirarme a mí. Incorruptible, sin desistir. En su momento, hubo gente necesitó a alguien así y yo escogí serlo para ellos. La gente aún necesita a alguien así... y ahora es que necesito serlo más que nunca.
- ¿Y crees que salvando a los demás te podrás salvar a ti mismo?
- Es una posibilidad. Ya me he encontrado con ese pensamiento en el pasado.
- ¿Y qué hay de cuando falles?
- No fallaré... no por ellos.
- ¿Qué no has visto suficientes películas de superhéroes como para saber como terminan ellos?
28 jul 2012
Rosas en el Mar
Estoy en la parada del metro esperando por ella, he llegado con algo de tiempo de sobra. La última vez que nos vimos llegué tarde por un par de minutos y no dejó de hacer comentarios al respecto aquella cita.
Doy vueltas en círculos entre andén y andén. Me coloco la mano sobre mi pecho y mi pulso está por las nubes, como se me ha hecho costumbre en los instantes antes de verle. Trato de controlarme... también una vez que salimos me hizo esa observación. Pero es más sencillo llegar temprano, así que por el momento, solo una cosa a la vez.
Es así que me llega la hora en la que acordamos vernos y ella no aparece. Los latidos siguen igual de fuertes y el hecho de que haya llegado con minutos de sobra ya no importa más.
La gente sigue saliendo y entrando a los carros del metro, se cuentan por decenas y podría salir de cualquier lugar, de entre cualquier abrir de puerta o escondida en la multitud. Siempre me he considerado bueno para reconocer rostros y personas pero con ella no.
Ella me atrofiaba aquél instinto e inhibía mi vista... quizás podría ser aquella chica del vestido rosa pastel. Pero unos pasos más revelaron que no era así. Sigo dando vueltas de lado a lado de la estación, miro en todas direcciones y...
- Quizás es esa chica de blusa color café y pantalones azules porque quería hoy sentirse casual.
- Quizás ahora mismo está viéndome en secreto porque encuentra graciosa mi obvia desorientación.
- Quizás es aquella, la de mochila gastada y sucia, porque es muy floja y descuidada con sus cosas.
- Quizás por fin quería revelarme que por dentro es una otaku y es la hembra de playera de Death Note y bolso con muchos pines diversos de animé.
- Quizás hoy despertó increíblemente pequeña.
- Quizás es la chava del peinado desordenado y ropas olgadas porque quiere asegurarse de que me agrada sin importar la forma en la que esté peinada.
- Quizás hoy haya decidido vestirse completamente de negro porque quiere revelarme que es un ser oscuro y de gustos metaleros.
- Quizás es la que está acompañada de esa chica porque se la topó en su mismo vagón y piensa que es desagradable decirle "Perdona, es que ya tengo un plan... y no es precisamente con un amigo."
- Quizás no es nadie porque simplemente decidió que no quería verme hoy.
- Quizás es aquél sujeto hombre.
- Quizás el vehículo en que ella viajaba estalló en llamas y yo soy el único culpable de su muerte al haberla invitado a salir.
- Quizás es aquella señorita del cabello de colores porque hoy se despertó queriéndose sentir la Ramona Flowers de mi Scott Pilgrim.
- Quizás sea la mujer que lleva el paleacate, perforación en la nariz y blusa ombliguera en un ataque de antojo de barrio.
- Quizás es la chica de la falda demasiado corta de mezclilla y escote pronunciado porque espera impresionarme luciendo de manera atractiva.- Quizás hoy despertó increíblemente gorda.
- Quizás decidió que ya era hora de que conociera al hijo que trae en brazos ahora mismo.
- Quizás ahora mismo está escondiéndose de mí para tomarme por sorpresa por la espalda y cerrar mis ojos.
- Quizás hoy despertó increíblemente asiática.
- Quizás piensa que ya es tiempo de que nos veamos con otras personas y es aquella chica que va de la mano de aquél sujeto.
- Quizás simplemente esté llegando tarde porque está llegando tarde.
25 jul 2012
Defectivo
Dinero, dinero, dinero.
Varo, feria, morralla, efectivo, créditos y capacidad adquisitiva.
Desde chico siempre tuve grabado en mi mente la idea de que el dinero era la causa de todos los males.
La fe del mundo, dirigiese a donde se dirigiese parecía estar emparentada a la cantidad de ella que se debía la gente entre sí. Y ya en un nivel más familiar al mío, la falta o el exceso de él siempre era un problema.
Si había exceso de él, te volvías en un avaricioso, tomabas un gusto por él y estabas atado a la búsqueda de querer más y más. Ya si había una falta de él...
Fue duro crecer de niño con mi nivel socio económico. No lo digo porque alguna vez hayamos pasado hambre, falta de servicios básicos o hubiese habido deudas con crecimientos exponenciales. Por alguna razón rara, de los pocos amigos que llegué a tener durante primaria y secundaria, la mayoría, sino es que todos ya tenían en casa una consola de videojuegos y en sus manos, había un GameBoy Color o ya más adelante, un Gameboy Advance.
Tampoco había escapatoria de ello en vacaciones. Mis tíos y tías siempre tuvieron muchos más ingresos de los que hacía mi padre. Así que la estadía durante vacaciones en sus casas siempre se fue para mí en una mezcla de diversión culpable con incomodidad verdosa, viendo hacia el suelo durante las noches, desde la ventana de algún cuarto del segundo piso de alguna de sus casas que visitáramos.
Me sentía culpable por sentirme así, y apestaba sentir eso hacía tus amigos y familiares.
Así fue muy sencillo para mí crear una especie de complejo de inferioridad basado en el dinero que tenían los demás, el cual se sumó al ya en camino paquete de inseguridades de la pubertad.
Así pasaron los años y, con el tiempo y muchas otras cosas más, el temor fue desapareciendo y aquella inferioridad fue siendo re-emplazada por otros miedos e inseguridades que fueron surgiendo durante mi camino hacia la edad adolescencia y con sus respectivos cambios de perspectiva del mundo.
Más recientemente, esa ansiedad volvió a aparecer en mí cuando llegué a la ciudad y empecé a tener salidas con mujeres que apenas y conocía. Uno de los riesgos que se tienen es que nunca sabes cuáles serán los estándares de dinero a gastar por salida y había ocasiones en las que al final del día acababa sin poder cenar o caminando parte del camino a casa porque estaba corto de efectivo.
Era incómodo aquél momento del día en que, en medio de una plática, reciben un mensaje al celular, lo sacan de su bolsillo y notas que es un iPhone 4.
No era un Game Boy Color, pero causaba el mismo efecto en mí, y me sentía niño de nuevo.
Tomo un respiro y me controlo a mí mismo. Deja de ver al celular.
¿¿??- ¿En qué estábamos?
Al final del día, solo espero haber cambiado lo suficiente y portarme a la altura de mi edad. Solo espero haber madurado lo suficiente como para al menos lucir que no me importa...
4 jul 2012
Ella se llamaba así
El día en que a ella la conocí estaba perdida, como yo.
Nos encontramos en las escaleras y por alguna razón, rápido intuyó que también estaba extraviado. Se presentó conmigo y nos dimos cuenta que ambos habíamos tocado en el mismo salón de clase. Íbamos hacia el mismo lugar así que resolvimos buscarlo juntos. Estábamos llegando tarde por un par de minutos.
Entre subiendo y bajando escaleras, noté algo que no sé si debía de haberme dado cuenta, o por lo menos tan rápido, tenía un tatuaje en la base de la espalda. Era negro con detalles en rojo, de diseño tribal e iba de lado a lado, naciendo con la simetría de su columna.
Me sentí extraño al verlo salir de entre la apertura de sus ropas, como si hubiese entrado a una habitación de una casa a la que no se supone que estaban bienvenidos los recién llegados. Más tarde me di cuenta que no tenía porqué sentirme así, sin embargo, a veces miro hacia atrás y aún recuerdo aquél sentimiento.
Encontramos por fin el lugar donde debíamos tomar la primer clase de nuestro primer día de Universidad. Era un laboratorio, el color blanco era omnipresente y todas sus sillas ya estaban abarrotadas. Nos sentamos en donde pudimos, eso ayudó a que permaneciéramos juntos, lo cual agradecí para mis adentros.
Era la chica de porte experimentado y en cuya espalda había un tatuaje. No era lo ideal, pero por ahora era lo único que tenía.
Pasaron las horas del día, con ello las presentaciones de las materias con sus profesores y entre cada una de ellas emergieron nuevas personas, todas dotadas de rostros y personalidades nuevas y la chica del tatuaje era la única persona en común entre ellos. Hablaba con ellos con una facilidad envidiable y me empezaba a alegrar el hecho de que fuese lo único que tenía.
Con los días, la chica resultó ser mujer. Una mujer que vivía sola en un pequeño pero cómodo lugar a las afueras de la ciudad. Una independiente que se mantenía así misma con un empleo los fines de semana.
Con las semanas, la mujer creó un sólido grupo de compañeros que compartieron grandes momentos juntos dentro y fuera de clases. Luego, con el tiempo, aquellos compañeros harían su lugar más allá de ella.
Con los meses, la vida de la mujer fue cambiando más allá de lo que pudiese saber. Y tomó decisiones que ha nadie en la vida jamás he vuelto a ver tomar.
Con los años, aparecieron para la mujer oportunidades para volver, así como oportunidades para seguir vagando por el país. De vez en cuando tenía noticias de ella por ahí de parte de las personas que dejó aquí o a través de ella misma en alguna plática rápida por Internet.
A veces, miro sus fotos que aparecen coladas por ahí. Ella ha viajado tanto en tampoco tiempo y creo que ya ha encontrado su lugar en muchos, sin embargo yo sigo en el mismo lugar y creo que sigo igual de perdido a como ella me encontró.
24 jun 2012
La Prom
Desde pequeño, siempre los había visto de cuando en cuando. Eran esos pequeños espectadores inadvertidos de todo evento social que involucrase gente joven y feliz, de esa cuyo ambiente es la fiesta y tienen lo que parecen ser vidas promiscuas.
Se les encontraba en esas películas de adolescentes cuyos temas siempre parecen ser los roces de los perdedores contra los populares, y estos solían comúnmente estar del lado de los populares. No importase que fuese el capitán del equipo de americano, la líder de las porristas o solo un Don Juan de aquellos por el cielo favorecidos, era su especie de estandarte de identidad.
También, y alejados de aquellos hostiles estereotipos de ambientes escolares, se hallaban de vez en cuando en lugares más acogedores y amables, como las series de televisión. De cuando en cuando, a los amigos les tocaba por asistir o ser anfitriones de alguna fiesta o reunión, y era ahí que, de alguna forma u otra, se infiltraban entre los invitados e iban de mano en mano.
Y yo solo podía intuir su contenido.
Por mucho tiempo me quedé con ese vago pensamiento rodeando por mi mente. Imaginaba a veces con el día que llegase a crecer lo suficiente como para alguna noche por azares del destino me encontrara con alguno de esos pequeños. Lo tomaría en mano, miraría dentro de él y sabría por fin que lo que concluí desde pequeño era verdad.
También pensaba sobre las personas con las que estaría rodeado y en las condiciones en que estaría, ¿serían populares? ¿serían perdedores tratando de revelarse en contra del sistema y su naturaleza? ¿Se trataría de chicos de mi mismo colegio, estaría rodeado de desconocidos y yo solo sería un invitado más? ¿Será que mi mejor amigo me invitó convenciéndome que sería una experiencia que jamás olvidaría? ¿Estaría emocionado por ello o me sentiría presionado?
Y conforme pasaron los años, dejé de pensar en ellos. Olvidé todo lo que respectaba a esos pequeños, en la gente inexistente, en los amigos invisibles y en mis ansiedades infundadas de eventos imaginarios.
Un día, un amigo, de los grandes que tengo y que me superan en edad, llamó a mi casa. Me había invitado a su casa para celebrar que se había graduado ya y que por fin se iría a estudiar lejos. Acepté sin pensarlo, siempre había sido bienvenido en esa casa.
Hicimos lo usual de ponernos al corriente, esa sería una de esas veces en las que nos encontrábamos después de meses de no vernos, así que platicamos por horas.
Agotándose ya las cosas interesantes que había preparado de camino a su casa y le quería decir, y espero que las suyas también, un amigo de él llama a su celular. Le invita a una fiesta en su casa, del centro de la ciudad. Estaba también invitado yo. Luego de platicar un poco, acepté. Si llegase a atraparnos la noche celebrando, podía dormir en su casa y aprovechándome de ello, podía seguir festejando el resto de la noche.
Dimos con ella fácilmente. Era una casa grande, de frente muy bien elaborado, todas sus luces estaban encendidas y la música escapaba de sus ventanas. Entramos y fuimos bienvenidos por el amigo de mi amigo. Se veía ya estaba entrado en ambiente y controlaba la música que era de fondo. Di un vistazo rápido a todos los grupos de gente formados ya para mi llegada, mientras mi amigo iniciaba una platica sobre los buenos tiempos con el anfitrión. Había poca gente conocida por mí, lo suficientemente conocidos por mí como para poder entablar una platica apropiada.
Y entonces me llegó aquél patrón. Entre todos aquellos grupos, de gente alegre y joven, cuyo ambiente parecía ser la noche musicalizada, varios, repartidos en todos los círculos, en sus manos guardaban algo que me llevó a más allá de mis primeros años de edad, esa figura inconfundible de los vasos plásticos rojos, cuyo interior es blanco.
Dejé de ver mi alrededor para analizarlo. La música era buena, mis ropas eran adecuadas, las personas agradables, chicos y chicas por igual, y mi corte de cabello no estaba tan desentonado.
Miré hacia mi amigo, recién había terminado su platica y se acercaba a mí. En cada mano cargaba con uno de esos vasos llenos, e hizo una seña con la vista para que tomase uno porque era para mí.
Tomé el vaso y olí su contenido. Bebí un poco y sentí un picor en la garganta para el cual no estaba preparado.
Volví a dar una mirada hacia mi alrededor, pero no parecía haber nerds, vivales o ninguna clase de sensualidad o erotismo en el aire. Eran tan solo gente hablando, con alcohol en las manos y dentro de esos vasos rojos.
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