9 dic. 2011

Joul

Desde chico lo había perseguido ese fantasma.

Siempre había sido nervioso e inseguro de sí, y quizás esa no era la razón de que hubiese terminado de esa manera, pero el daño estaba allí. Lo único que había cambiado era su edad y que ahora vivía por su cuenta, pero siempre se encontró acechado por ese fantasma.

Podían pasar decenas de personas por el frente de una casa, inadvertidas, pero en cuanto el posaba un pie frente alguna de ellas, tan exacto como el repicar de campanas de una iglesia, se escuchaba el ladrido de los perros dentro de ella. No importaba si fuese en la casa en la que creció, o en el nuevo barrio al que pertenecía. La misma bienvenida, todo el tiempo. Y por extraño que parezca, siempre parecía olvidarlo hasta el momento en que ya era demasiado tarde y se encontraba agitado, con una mano en el pecho y escuchando los omnipresentes ladridos.

Su vida, si bien se parecía a la de los miles de estudiantes graduados de su edad y con empleo, se sentía particularmente vacía, por lo menos desde su punto de vista, que al final del día, era lo único que importaba por más que estuviese rodeado de amigos, familiares que le visitaban periódicamente por su cercanía y vecinos ocasionales.

Lo mismo con su rutina, de casa empleo, empleo casa, excepto...

Fue en una casa de camino a donde esperaba el transporte público. Era grande, de pelaje blanco, hocico siempre abierto con la lengua guindando de ella y siempre enérgico, de sexo indistinto, no importaba mucho fuera de su amenazadora figura y de que el sonido de su aullido por las mañanas y tardes de cada día, le acompañaba a través de toda la avenida.

Ningún animal en ningún momento, de toda su vida, lo había alterado más.

Ni siquiera era un perro fuera de lo común, que tampoco conocía su especie. Con su historia, el no conocía de esas bestias, pero ya había visto uno que otro de, seguramente, la misma raza por ahí.

Quizás era porque no había otra cosa más en qué pensar durante su vida, que solo pensaba en él. Como su enemigo, como la piedra en el zapato que sentía siempre al pasar durante la casa marcada con el número 326. Su trabajo no le absorbía ni le consumía todo el tiempo de luz del día. Era bueno en él y no le representaba el mayor problema.

Del modo que fuera, ese aullido le pesaba en el corazón y ya estaba comenzando a gastarlo.

Las rodillas raspadas y en el suelo, con lágrimas en los ojos que se encontraban mirando a una reja larga y blanca, con un hocico escabulléndose de entre los barrotes. Se despertó jadeando y con sudor frío.

Recordaba súbitamente sus tiempos de niño. Cada vez más se hacían más frecuentes esas regresiones y cada vez más sentía que el ladrido le acechaba hasta la parada de autobús. Hasta la puerta de su casa. Hasta la avenida de dónde se encontraba el edificio en el que trabajaba. A la cocina de su casa. En su oficina frente al computador y en su habitación sobre su cama.

De pronto, se le sumaron más con los meses al perro del 326.

Un pequeño café en el 320, irritante. Un peludo blanco en el techo del 321 siempre observante. Uno mediano de pelaje miel en el 323 que solo se unía al coro. Y seguramente otros que el no veía al pasar pero sentía tan presentes como todos los demás. Pero por sobre todos, inexistentes o no, el bastardo blanco del 326. Ese que lo había iniciado todo.

La calle se había convertido en un canto uniforme durante el día. Y durante la noche, los que no eran más que aullidos a la luna o intercambio de voces entre los canes para el vecino promedio, eran para él, una forma de seguir con el acoso. No había manera de escapar de él...

La locura por fin le había ganado. De no haber sido así, ¿como hubiese llegado a tal extrema conclusión? Iba a acabar con todos y cada uno de ellos, uno a uno, y mientras caminase y recibiera su habitual bienvenida. Decidido estaba, tenía el arma en un cajón en su trabajo, esperando.

Así, la tomó. Una decisión que no recuerda haber tenido desde pequeño, o desde nunca. Caminaba con paso firme, ya no le volverían a sorprender. Él les sorprendería a esos.

Volteó en una esquina y se encontró con la avenida. Un barrio tranquilo que el había escogido para vivir de entre otros, como su hogar y ya no se sentía parte de él, no lo había sido en meses y después de esto, nunca jamás.

Así, se dirigió hacia la primera casa. El primer porche con su primer animal. Vaciló un poco al verle, no por piedad ni por duda alguna, sino porque nunca había accionado un arma antes y quería que su tiro fuese certero.

Y lo fue.

Eso le dio seguridad para conducirse a la segunda. Luego a la tercera, cuarta... el ladrido tenía su respuesta y castigo.

Los vecinos comenzaron a salir levemente de sus casas, conocían el tipo de sonido más nunca lo habían sentido de tan cerca y en una situación tan rara. Paradójicamente, les hubiese parecido más natural ver al sujeto atacar a otro hombre, pero no, el sujeto estaba disparando a las mascotas, y como parecía no tener nunca fin su dotación de balas todos temieron salir de sus hogares.

Hablaron a la policía. Ya había acabado con la mayoría de esos, conforme se acercaba más a la casa 326. Solo se detuvo una vez para recargar el arma, no le importaban las miradas, que las había, de por las ventanas de los vecinos. Pero aún, ni siquiera en ese momento hubo silencio en la avenida.

Así, siguió haciendo su deber. El ladrido tenía su respuesta y castigo.

Hasta llegar a la casa 326. Solo es que ahí hubo silencio. Incómodo e innatural silencio.
Miró por a través de la reja. No lo creyó. En el suelo, yacía acostado y con rostro enfermo, la bestia del 326. No tenía ánimos, siquiera energía suficiente para levantarse, mucho menos para emitir su ladrido.

- Levántate! Levántate demonio hijo de mil putas!

Pero el perro ni se inmutó. Siguió ahí con su lastimero respirar.
- Ládrame! Anda! Solo dame una razón! Solo dámela!

Y de pronto ya no se halló gritándole a la bestia en el suelo, sino así mismo. Los vecinos miraban la figura de aquél hombre con miedo. Vociferando maldiciones al saco de huesos.
-Levántate! Levántate! Ladra... ladra...

Y de nuevo hubo silencio. Su mirada cambió de furia a una tranquilidad de certeza absoluta.
- Descuida, que yo te la daré.
Dijo el hombre mientras el último sonido de arma se escuchó.

Ya no habría más ladridos en esa avenida nunca más.

2 comentarios:

  1. O.O, muy bueno, felicidades...
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    En cuanto a quien es el autor de "Stay Hungry, Stay Foolish" es el mensaje que se publicó en la contraportada de la edición final de "El almanaque Mundial" (Así se podría traducir) que era así como el Google de cuando no existían computadoras...
    La cita que esta al final de mi post pertenece a un fragmento de lo dicho por Steve Jobs en un discurso en la Universidad de Standford (Lo puedes checar en YouTube)... Muy bueno

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  2. Muy buen material, hermano!

    Cuando el sujeto por fin iba a hacer su jugada, realmente me dio miedo... O__O!

    Me recordo un poco al corazon delator de Poe, tu sabes por el estilo de narrativa y la personalidad del protagonista.

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