12 nov. 2018

Píldora de la Involución

La teoría de la evolución siempre fue un gran atractivo de la ciencia para mí, y cuando digo siempre, me refiero a siempre. Siendo introducido a tan complejo concepto inocentemente por cosas tan sencillas como los juegos de Pokémon y las series de Digimon, mi interés por el tema fue reforzado por ver el tema en la escuela primaria. Imágenes en sí mismas atractivas, del humano paleolítico rodeado de la megafauna o ilustraciones de dinosaurios, los seres más cercanos a pokémon como jamás han existido, ya sea por sus volúmenes inimaginables o por la extravagancia de sus diseños. Aquí solo falta añadir que, en nuestros intentos para simular un proceso de evolución, mi hermano, un amigo y yo, tomamos y aislamos a un grupo de hormigas en un islote artificial construido por nosotros mismos para que; con el tiempo, aislamiento y sin mucha otra lógica detrás, evolucionaran a una especie nueva de hormiga capaz de nadar y desplazarse por el río en el cual las atrapamos. No hace falta decir que nuestro experimento no llegó muy lejos en ese entonces y el islote a la primera lluvia fue arrastrado con lo que sea que hayase quedado de las hormigas.

Fuera de mí y justificando un poco esa fascinación malsana, la evolución siempre le pareció un tema atractivo a la humanidad, en general. La idea de la modificación de la vida a través de las generaciones, justificó siempre muchas acciones, que iban desde lo práctico; la selección de organismos de interés comercial para el mayor rendimiento de su desempeño, llámese producción de carne, huevo, fuerza o lana; llegando a lo superfluo, como razas de perro con fines meramente estéticos o de compañía, hasta lo aterrador; como el nefario concepto del darwinismo social y la eugenesia.

La idea de "la supervivencia del más apto" era y es hoy en día, llamativo y muy conveniente para los que de forma predefinida o escogen ignorar su pasado o la providencia, tienen ya algo de lo que consideran ellos mismos, poder. El concepto es atractivo, por cuestión lo cercano a la ciencia y a la frialdad moral que lleva. Solo el apto prevalece, consigue los recursos, se reproduce y provee para su progenie, dejando al resto observando el saqueo, llevándose así un orden natural de las cosas. Aptos y no aptos. Apoderados y despojados. El objetivo de la vida es el acaparamiento de recursos.

El argumento aterriza ahora en el porqué, dándole un giro trágico al asunto, no se ve el otro lado de la moneda, usando ese mismo concepto. La derrota del no apto como justificación al suicida. Una forma romantizada de observar la muerte con un sentido final. En el gran mar que es el reservorio génico humano, la mezcla específica e inigualable de física, biología y psicología que da lugar a tu persona, simplemente no es compatible con el estado actual del ecosistema en que te desarrollas. Quizás eres fuerte, atributos no necesarios en la era digital de forma inmediata, quizás tienes buena visión, inútil en una era de corrección óptica y pre-selección de nuestros alimentos. Simplemente, no es tu era. Tu nicho ha sido tomado. No hay lugar para ti. Se habla de alelos deletéreos, condiciones genéticas las cuales desaparecen de forma automática al expresarse en el fenotipo, incompatibles con el estado natural, cuando quizás esas condiciones también podrían considerarse en el psicotipo. El final de un línaje. Una rama finita en el filograma. 

En inglés siempre me ha hecho más sentido, "survival of the fittest", siendo fit traducido como apto, adecuado, que encaja.

Quizás algunos simplemente no somos aptos para esta vida.

Adecuados para este tiempo.

No encajamos en ninguna parte.

8 nov. 2018

El "zapatos sucios"

De niño me gustaban mis tenis porque eran cómodos para correr, se podían ensuciar y solo era cuestión de tallar. Podían mojarse y solo era cuestión de secarlos al sol.

Crecí y crecí y la hora de la escuela inició.

Al entrar a la escuela me di cuenta que los zapatos eran obligatorios, así que con renuencia, los usé. Incómodo, los usé cada día y era difícil mantenerse mucho tiempo en pie con ellos y notaba que hacían mucho más difícil el correr. A los varios días, me dijeron que no era suficiente; que estaban sucios y me dijeron que así no te iban a durar a pesar de que yo no quería que me durasen. Así pues y con renuencia, los limpié y los seguí.

Crecí y crecí y la pubertad llegó.

Al entrar a preparatoria me di cuenta que la barba estaba prohibida, así que con renuencia, me rasuré. Incómodo, me rasuré de forma periódica mientras por mucho tiempo, dejé crecer mi cabello. A los varios meses, me dijeron que no era suficiente; que mi imagen seguía siendo informal a pesar de que ya me había rasurado y cumplía al pie de la letra la normas de vestimenta. Así pues y con renuencia, me corté el cabello y seguí rasurándome.

Crecí y crecí y cursé la Universidad.

Ya casi al terminar la licenciatura, barbado, en tenis y con camisa sin fajar, me dijeron que nadie me contrataría, así que con renuencia, me aliñé. Incómodo, busqué empleo durante algo de tiempo mientras la urgencia de dinero iba aumentando y finalmente fui contratado. A los varios meses de trabajo, me dijeron que no era suficiente y que tenía que llevar el uniforme y el gafete por si llegaba una auditoria y así hubiese forma de identificarme como trabajador. Así pues y con renuencia, usé uniforme y me puse gafete al cuello.

Ahorré y ahorré y finalmente me fui a vivir solo.

Junté dinero y compré un auto; y al tiempo, me dijeron que estaba sucio, y que como viesen mi auto me iban a tratar. Hasta ahora, mi auto sigue sucio.

29 oct. 2018

Una noche de ese apasionado amor neoyorquino

Era mi segunda temporada como taxista.

La paga era mala, pero lo increíble era el tiempo libre. De vez en cuando uno podía hallarse en una continua línea de corridas y haber sacado el dinero suficiente para sobrevivir un par de días en unas cuantas horas, y de ahí quedaba solo pensar en qué hacer con el resto del día. Lo otro era la gente ¡oh! Dios mío, esos desamparados hijos de Eva. Al iniciar dudaba de mi habilidad, sobre todo de mi paciencia tras el volante. Sin embargo, ya con mi carnet enmicado y con el uniforme escondido bajo el asiento de copiloto, la cosa se ponía fácil. Manejar con la radio encendida era una cosa para lo cual estaba hecho, al parecer, me salía natural.

Sin embargo, de vez en cuando la cosa no dejaba de ponerse odiosa, el negocio involucraba estar asediado por gente, después de todo. Subir a alguien con rostro de apuro solo para descubrir, ya teniéndolo encima que tiene que recoger a alguien en algún punto intermedio, esperarlo, para luego pasar por un paquete a alguna mercería o pastelería de las avenidas junto a la playa viniendo de Las Palmas. Un incesante ir de colina arriba, colina abajo. Lo insoportable no son las vueltas, sino las justificaciones pusilánimes. Vueltas de bodas y aniversarios, con muestras de arreglos, telas de vestidos y centros de mesas. Los peores eran los hombres de negocios medianos. Tratándolo a uno como su subordinado de toda la vida, con desdén y prepotencia como si no fuese posible que en cualquier momento pudiese solo plantarle un puntapié y bajarlo con el dinero en mano. Cosa que pocas veces, pero sí, hice. Otras veces en cambio, podía llegar a ser increíble. Un grupo de funcionarios ladrando sus corruptelas a altas horas de la noche a mujeres quienes claramente no son sus esposas, desquiciados con apenas un puñado de billetes sucios queriendo solo desaparecer, chicas lindas de cuando en cuando. La transformación de las avenidas, de estar cubiertas de familias, asalariados y cristianos, a limosneros, viciosos y abandonados. Curioso como el mismo pórtico de una Iglesia podía pintarse de tan opuestos matices.

Una noche, estando corto de dinero decidí tomar el rondín usual. Si eres listo, comienzas a ver patrones en el servicio, trucos para que uno pueda salirse con la suya. Uno de los míos era estar cerca del departamento de tránsito y su corralón. En ese lugar terminaban todos los desafortunados cuyo por único crimen fue creer que no los captarían esa única vez en su vida que se pasaron una luz roja. Cosa común. A la impotencia ciudadana; se sumaba a la propia de las épocas navideñas. Cloro y amonia. Ya sin auto y sin ningún remedio, los ahora furiosos ciudadanos modelo eran captados por el asiento trasero de mi taxi, el número 23. Esos hombres comunes, de esos que pagan todos los impuestos de sus casas en los suburbios, eran fáciles de timar. Unas vueltas extra por aquí, una curva por allá y se inflaba la cuenta en medida de lo razonable mientras los respetables destilaban el ácido de sus entrañas, el cual consistía en la necedad de la ley del no poder doblarse a su conveniencia, como si el discurso de "yo pago tu salario" no lo hayan escuchado ya antes los polis cientos de miles de veces.

Era la quinta vuelta y ya tenía unos cuántos billetes encima. Otro trabajo bien hecho. Así que me tomé la tarde y me retiré a uno de esas pastelerías que abundan en las avenidas paralelas a la orilla del mar para acompañar café con unos panecillos. Ya tomado mi asiento en la barra del Blue Jay Café, de las pocas cafeterías abiertas las 24 horas, pedí algo para tomar calor y me agazape sobre mí mismo, escuchando al fondo el embravecido mar empujado por gélidos vientos.
- ¿Tienes algunos centavos extra?
- Depende de quién pregunte.-Respondí a la desconocida y rasposa voz.
- Una chica despistada en esta noche fría.- Era una voz de anciana saliendo de un cuerpo joven. Algo que solo se podía obtener bebiendo como beber fuese un deporte o fumando como si cada tabaco fuese vapor puro y simple. O una combinación de las dos. La vi demasiado desprotegida para una noche como la que se vivía ese invierno del '75.- Había escuchado que California era cálido y es mi primer invierno aquí. Creo que confié demasiado en lo que las postales dicen de este lugar.
- ¿De dónde vienes?
- Nueva York.
- ¿Al sur por el invierno? Quizás debiste haber probado México. Allí pareciera que siempre se están cocinando.- Con un ademán señalé al barista y el atendió instintivamente y en segundos en la barra ya se encontraba una segunda taza de americano negro.
- No elegí California.- Musitó mientras daba una tímida sorbida a su café. Su voz se aclaró, pero seguía sin ser acorde a su cuerpo.
- ¿Entonces?
- Son mis padres. Se preocupan mucho por mí, ¿sabes? Como si fuese una especie de niña. Me arrastraron a este centro de rehabilitación.
- Así que, ¿te escapaste? Si tus padres tienen el dinero para traerte acá y encerrarte, seguro ofrecerían buena pasta para recuperarte. Confiar en extraños es malo, ¿sabes?
- No lo harías.
- ¿Disculpa?- No pude ocultar mi automática indignación.
- Tu mirada. Tienes un mirar triste. No pareces triste, pero tu mirada lo es. No te motiva el dinero, lo puedo ver por como aceptaste ofrecerme una taza sin chistar.
- ¿De qué eras fanática?
- Ether... alcohol, hierbas, flores, cuerpos de hombre o mujer, hongos y cristales. Nada inyectado, me gusta mi cuerpo tal y como está. Pero ether. principalmente.- Escuchaba mientras daba el último sorbo a mi bebida.- ¿Los has probado?
- El alcohol es suficiente para mí, soy un hombre sencillo.
- Yo soy una mujer sencilla también. Tomar esas sustancias es sencillo, así como dejarlas. Un día estás volando tan alta como una nube; al día siguiente puedes estar arrastrándote al ras del suelo como una alimaña cualquiera. Y es en esos días en que uno puede llegar a eligir si quiere seguir arrastrándose o emprender el vuelo a voluntad, ¿no crees?
- Supongo que es una forma de verlo. Yo opto por manejar y, cuando manejo, me agrada estar sobrio.
- ¿Te gustan los autos? Mi padre de niña me llevaba a estos shows automotrices. Había autos increíbles, de lujo. Camionetas tan altas como casas.
- No me gustan los autos, solo lo que hacen, realmente.
- No pareces tener muchos intereses. Yo me intereso en todo a mi alrededor.
- ¿Qué sería eso? ¿Pasatiempos de gente rica?
- Claro que no arte, filosofía, cultura. Pensamientos grandes son para la gente grande.
- Bueno, tengo que irme. Espero que los de blanco no te atrapen.
- No entiendes.- Me interrumpió.
- ¿Qué?
- No era por café que te hablé.
- No te preocupes. Pensé que solo buscabas alguien que te escuchase más bien.
- No tengo a dónde ir, ¿sabes? Te lo dije, vengo de Nueva York y no conozco a nadie en kilómetros a la redonda.
- No hay mucho que ver a kilómetros a la redonda, lo sé. Los he recorrido.
- Vaya, suena interesante, ¿pues qué eres?
- Nada importante, así que, si me disculpas...
- Por favor.- Interrumpió- Solo será una noche... a la mañana siguiente llamaré a mis padres, quienes me mandarán dinero, podría darte algo en agradecimiento por tu tiempo y la noche, luego me iré.
- Oh, bueno... adelante.

Salimos del café a la penumbra de la noche y fuimos abrazados por la corriente del Pacífico. Llegamos a donde había aparcado el auto y parecía como si el frío hubiese decidido también viajar con encerrado con nosotros, absorbido por la estructura metálica. Subimos temblando.
- Toma.- Extendiéndole mi uniforme de debajo del asiento.
- Ah, ¿entonces eres taxista?
- ¿Qué no era aparente?
- Que si eres algo después de todo.
- Lo que soy, es que soy un tonto.- Encendí las luces y arranqué el auto. Sin notarlo había tomado el camino largo, paralelo a la costa, lo cual ella aprovechó para seguir hablando.
- Yo soy un espíritu libre, creo que por eso mis padres me tienen miedo. Porque ellos viven encerrados en sus oficinas y buros, yo no. Le tienen miedo al cambio y la modernidad. Yo salgo a obtener experiencias. La vida de California parece apacible. Es como un pueblo pero con tiendas. Me gusta. ¿A ti te gusta vivir aquí? Es muy distinto a Nueva York a pesar de ser ambas grandes ciudades.
Ella siguió hablando el resto del camino y a cada segundo me arrepentía más y más de mi supuesta buena voluntad.

Entramos a mi apartamento luego de un rechinido estruendoso de la puerta.
- Si vas a entrar... pero al menos, ¿podrías decirme tu nombre?
- Oh, si, Catherine. Pero los nombres realmente no son importantes. Te atan. Aunque a veces me llaman Cat, que creo que es más atinado a la realidad. Entonces "atherine" solo se vuelve una carga más.
- ¿Cómo?
- ¿Sabes que los nombres no son escogidos por uno mismo al nacer? Nos son impuestos siempre por alguien más sin siquiera poder oponer resistencia u opinar al respecto.
- ¿Todo eso lo aprendiste en la Gran Manzana?
- Si. La ciudad palpita con cultura y arte. Todas esas casas de artistas, de genios. La expansión de la mente por la filosofía y el ether. La ciencia en servicio del pensamiento y las artes. Deberías ir a Nueva York algún día.
- ¿Y aprendiste a beber?
- Claro que sí. Principalmente vinos importados.
- Solo tengo vinos del valle.
- Mis padres bebían solo licores nacionales. Whiskey, vino. Se encerraban a lo extranjero. Cuando quería beber tenía que salir de casa. Aprendí muchas más cosas fuera de casa que dentro.
Serví dos tragos en las copas más limpias que pude encontrar y procedimos a beber. La realidad es que esperaba que luego de soltarle la lengua; más, si acaso eso era posible, se pusiera somnolienta y finalmente cayese rendida. Después de todo sus palabras fueron que solo sería cuestión de pasar la noche.
- ¿Sabes qué más es distinto en Nueva York?
- ¿Qué?
- El sexo.
- ¿Hablas en serio?
- Así es.- Respondió arrastrando las sílabas.- Con tantos extranjeros... aparatos... posiciones... etheres. El sexo neoyorkino es... amoroso, salvaje pero racional, espontáneo pero calculado. Nunca había experimentado algo así en mi vida.
- Yo tampoco.
- ¿Quieres entender algo de eso?
- No sé si mi mente está lista.
- Descuida entonces, pues hoy tendrás una noche de apasionado sexo neoyorquino.
Tomé las copas y la botella y las tiré al suelo sin mucha importancia cuando noté que Catherine se dirigía hacia la puerta, aún con mi uniforme de la Yellow Beetle Co.
- ¿Qué sucede?
- Si vamos a hacerlo, -contestaba aún con cierta inconsistencia en su tono- vamos a hacerlo bien. Como si este bloque fuera un edificio de la quinta avenida y este agujero el estudio de algún gran pintor pos modernista.
- ¿Qué falta para ello?
- Algo de ether. La pinta de pintor ya la tienes... o ¿serás acaso la de un escultor? Supongo que eso no importa siempre y cuando consiga algo allá afuera.
- ¿Sabes como conseguir?
- ¿Crees que pasé mis días sobria en el Centro de Rehabilitación? Una chica lista puede arreglárselas sola.
- Por supuesto.
- Ya regreso. Podrías aprovechar para recoger un poco aquí.
Se alejó sin cerrar la puerta, a lo cual tuve que parar a cerrarla. No pude alcanzar a verla a través del pasillo. Era sorprendéntemente rápida y centrada para tener encima dos botellas de vino encima.

Pasó una hora. Pasaron dos. Catherine no regresaba. Durante el tiempo que estuve en espera terminé las botellas de vino. Acomodé el departamento y observé que sus pocas cosas que llevaba consigo, las había dejado allí tiradas en el suelo de la habitación. Era un bolso de mano tejido y un par de sandalias. Husmee en el bolso. Entre dulces sin envoltorio y recibos, venía una hoja de registro y dos tarjetas de identificación, en una de ellas se leía "Quiet Shores - Centro de rehabilitación". Tomé sus cosas decidí bajar y salir al exterior por ella. Fue camino a la calle que mi búsqueda terminó abruptamente. Cat yacía en el suelo, en los escalones hacia el edificio, semiconsciente y apenas respirando debido al frío. En sus manos un frasco transparente. Tome todo y la subí al cuarto donde le cubrí con sábanas para que recobrase el calor perdido hasta que su piel fue retomando su color y su mirada dejó de estar tan perdida.
- ¿Sigues aquí? ¿Estás bien niña?
- Soy una mujer.- Replicó con un tono de decisión somnoliento.
- Tirada en el suelo parecías una niña que no sabía lo que estaba haciendo.
- Soy una mujer y sé lo que hago y lo que quiero.
- Solo descansa. Mañana te irás.
- No quiero descansar, lo que quiero es que me hagas el amor. El amor grande como la gran ciudad.
- Eso tendrá que esperar.
- ¿Dónde está el ether?
- Eso también tendrá que esperar.
- Solo quieres reprimir. Eres como todos los hombres. Eres como todos los padres.
- Solo recuéstate... toma algo de agua.- Respondí poniéndolo enfrente suyo un vaso.
- Te dije... que... yo sé... lo que quiero, ¿sabes? Lo que quiero es...
Fue entonces que cayó dormida. Registré de nuevo entre sus pertenencias y busqué por la hoja de registro. Venía la información del centro de rehabilitación y, afortunadamente, una dirección. Esperé algo de tiempo para asegurarme de que estuviese realmente dormida y la tomé a ella junto con sus cosas. El viaje de regreso con cualquier cliente siempre es el más sencillo, sobre todo cuando el cliente está dormido. Este viaje no era la excepción.

Llegué al edificio. La fachada era ostentosa pero de un verde pastoso y opaco, como si no quisiera que la luz escapase de si. Se notaba que anteriormente ese edificio había sido una especie de hacienda o la casa de algún tipo acaudalado adaptada torpe y posteriormente como una clínica. Le tomé de sus piernas y la dejé como la encontré, tirada sobre una escalinata. Eso incluyendo mi uniforme de taxista, cual ya para estas alturas se encontraba impregnado de aromas de solventes y ácido gástrico. Al terminar de acomodarla miré al horizonte. Sin darme cuenta todo este asunto me había robado la noche y ya estaba amaneciendo. En el manejo de vuelta resolví finalmente en lugar de regresar a casa llegar al trabajo y de una vez iniciar otra jornada para quitarme el mar sabor de boca.

Aparqué el coche en la estación y llegué con mi jefe.
- Hank, ¿su uniforme?
- En Nueva York.

2 oct. 2018

Cogn-Osis

Hoy me rasuré como si te fuera a ver,
así como lo hice ayer, antier.
Así como lo hice antier con su ayer,
su día previo y su anterior anterior.

Hoy me perfumé como si fueras a olerme,
como si fueras a abrazarme fuerte.
Así como lo hice para el feria,
la salida al restaurante y luego al cinema.

Hoy me vestí elegante como si fuera una gala,
como cuando decías qué camisa te gustaba.
Así como cuando escogías mi corbata
y con cual saco combinaba.

Hoy me rasuré como si te fuera a ver,
así como lo hice ayer, antier,
hoy ya ni siquiera hay piel.


3 sept. 2018

Tempestad

Mares de palabras contenidos por costas rocosas,
desfiladeros orgullosos engullidos de espuma rabiosa,
movidos por vientos de ansiedad, mareas de angustia.

El huracán no se acaba para el marinero que ha tocado tierra
sus pies tocan firmeza pero aún el peligro acecha.

Hasta la barca más fuerte ante la más poderosa tormenta
necesita de la protección de un muelle
y en algo tan simple como un nudo y una cuerda.

El oleaje golpea y el marinero escupe sangre sabor salmuera,
sus dedos fríos ya no son sentir y solo función,
él necesita de la barca, la barca de la cuerda.

Un cruce y un revés, estirar y cuidando el pulgar,
y el faro es solo una luciérnaga en la tiniebla.

Solo queda mirar desde la colina y ver las olas quebrar,
el barco asegurado, la cuerda de cáñamo y el muelle centenario,
recordar que ninguna tempestad es eterna ante un nudo de esperar.


23 may. 2018

Día del maestro II


Pensé en estas palabras mientras me sentía aislado en una junta de academia. Era el fin de la primera mitad del semestre y me encontraba solo en compañía de señoras y una chica de mi edad, la cual resaltaba, no por joven sino por vegetariana, al verle rechazar de forma selectiva parte de la comida desplegada en toda la mesa. –Esta chica es de buena pinta, pero seguro está loca- pensaba, mientras buscaba con la mirada su reciprocidad, y quizás con suerte, entablar una conversación y al menos no resaltar más. Terminar hablando con una anciana no era una opción. Llené mis formatos, por primera vez diciendo la verdad, y saqué mi celular. Al no tener señal volví a mi plan B, que era abrir el archivo de texto de algún libro al azar y comenzar a leer. Seguro piensan que estoy en Facebook o WhatsApp pero no me importaba ni mucho menos. Solo quería mantenerme ocupado y distante mientras la cosa iniciaba. De igual modo, ¿no opinan que es raro ver más natural a un hombre leer en su celular un libro que verlo repasando una y otra vez el muro de su cuenta de Facebook? Justamente ahora mismo estoy escribiendo estas palabras por medio de mi celular. Cuando entré a trabajar sabía que había algo raro en mí que no encontraría en los demás. Me sentí especial sin tener nada de crédito, evidencia alguna y solo por la virtud del ser. Algo instintivo. Tan primigenio como la necesidad de una cucaracha de huir ante el baile de luz de una bodega en llamas. Solo sabía que algo estaba mal. Y sin embargo y a la distancia, ya este era mi segundo año dando clases. Entonces llegó un calvo cuyas facciones de su rostro orbitaban en torno a su enorme nariz y la junta inició. Era el maestro Lorenzo y, aun con él dentro, seguía siendo el único hombre dentro de esa oficina.

Era la mañana de festejo del día del maestro y recordaba, aunque sea un poco que la hora de entrada eran las 8 am. Craso error. No había nadie. O nadie de importancia realmente y de igual modo, ¿quién si lo era? Pregunté el día anterior que beneficio tendría al ir. Habría una rifa. Maldita sea, y yo con la pobreza y mis malditas ganas de tener un televisor para mi consola. Llegué a las 8 con 20 minutos y para mi sorpresa había espacios de estacionamiento. Maldita sea. Había llegado temprano. -Bueno, al menos será fácil el estacionarme- pensé, pero ni eso era sencillo. Un enano miope me replicó, le ignore todo lo que pude al dar reversa pero acechó hasta mi ventana y con un par de toques me señaló otro cajón -Este puesto es para camionetas, carros grandes, vaya allá- dijo. Malnacidos, todavía que contaminan más, y sus dueños se creen los amos del camino tendrán el espacio de aparcar que yo gané llegando temprano. Eché reversa de nuevo y también maldecí la buena, o muy católica, educación que mis padres me dieron y tome el otro espacio. Bajé del carro y entré al salón. Luz tenue y gente, como gotas de lluvia venidera, desperdigadas al azar y de forma aislada. Podía escoger donde yo quisiera pero incluso eso estaba limitado. Algunas mesas resaltaban con un letrero de reservado. ¿Para quienes? Ni idea, y del modo que sea, tampoco era como si los maestros no formaran sus círculos cerrados de amigos vapidos de pláticas mundanas. Era la secundaria de nuevo. Seguro los reservados tendrían camionetas enormes.

Maestro-escuché que me llamaban-, ¿puede escoger el lugar que desee? O quizás ya esté alguien con quien desee estar, ¿alguien de entre su círculo de amigos?-. Esa pregunta me mató. Había sido tomado por sorpresa pero dije un nombre al azar de alguien que no vi y me zafé de ello. Tomé un asiento en una mesa sola y pedí un café el cual fue servido amablemente. Posteriormente una señora, con clara irritación de servir a alguien visiblemente menor que ella, pidió moviera mi tasa de lugar para servirme un plato de frutas en rodajas, a lo cual lo único que pude responder fue un silencioso “Gracias”. Maldita educación. Quería ser una paria. Un ermitaño. Un aislado y un malnacido. Responder un “buenos días” con un “¡qué tienen de buenos!” pero mi supuesta civilidad impuesta me impedía. Un sujeto muy amable y siempre de buen humor, dirían; distante y raro pero amable, dirían, mientras tanto yo deseaba alejarlos más que nada en el mundo.

Prepare mi café y esperé que se enfriase. Di unos sorbos y con cada uno la gente fue brotando de la puerta del salón de fiestas. Mesas se llenaron, gente se encontró con su gente. Y yo me mantenía solo. Realmente era la secundaria otra vez, pero esta vez, era maestro. Miré a todos lados mientras daba un trago al café y confirmé mi estado. Entonces, una persona que, en vez de individuo, parecía ser solo “el esposo de alguien” llegó y observó la mesa – ¿Está ocupado ‘mano?-, negué con la cabeza y señalé con un gesto las sillas vacías. El sujeto era bien parecido y de fuerte construcción, se notaba de sonrisa fácil, y por lo tanto, un idiota. Al sentarse y ser servido su plato de fruta, comenzó a comer mientras mantenía los brazos abiertos como alas ocupando todo el espacio posible. Incluso de un gordo lo hubiese esperado, ese egoísmo del espacio que viene con el ocupar tales volúmenes. Un gordo es un gordo, pero se necesita de un tipo especial de idiota para ocupar la mayor cantidad de espacio siendo de cuerpo delgado. Entre cada trozo de fruta escribía en su celular y volteaba cual perro de cochera esperando sus dueños. Perra suerte y maldita sea. Llegó su gente y la mitad de la mesa se llenó. El espacio era ahora la menor de mis molestias. Empezó a hablar de lo que muy seguramente fue su fin de semana y si no era obvia la cosa, a estas alturas era un cliché. -Nombe’, como iban subiendo las cajas de cheve a la troca…-, gracias a Dios su voz se desvaneció con algo más. Era música en vivo interpretada por alumnos, todos uniformados y cabizbajos, tal como si fuesen nuestros súbditos tocando para la corte del rey. Al menos tenía algo en qué concentrarme ahora. Se escuchaba bien, pero el niño del violín estaba notablemente desafinado y fuera de tiempo. A él le llegaron un duo de cuerdas, llenos de energía, pasión en sus gestos pero que impresionaban poco. Con algo de suerte y dedicación podían llegar a ser algo. Entonces llegó otro grupo de personas, esta vez, jóvenes de entre 18 a 25 años. El que parecía ser su líder preguntó – ¿Están libres?- le miré- Si, adelante.-. Tomaron asiento en la mitad libre de la mesa y continuaron con la plática que seguro tenían desde antes de llegar al salón. Les vi con recelo y nos sirvieron lo que era el platillo fuerte del desayuno. Agradecí por la comida al mesero amable y seguí con los oídos la plática, dentro de su parloteo alcancé a escuchar Tolousse, la ciudad francesa. Y efectivamente, uno de entre ellos, el líder de la conversación había ido a Francia de intercambio. Hablaba sobre la italiana que conoció, de lo cual hermosa era y como tenía a todos los chicos de los departamentos a merced de sus encantos, de la misma manera que sus compañeros hipnotizados le escuchaban. Le miré con mayor atención. Había viajado a través del océano, vivido dos años de aquél lado, seguro visitado medio Europa, y aún y con ello no había nada de especial en él. Era una lástima.

No había más opción en esa mesa más que observar a los niños tocar en la banda, llenos de buenas intenciones pero poco talento o dedicación.

18 mar. 2018

Recuerdo de una noche de verano

Crecí en una pequeña ciudad a las lejanías del área metropolitana, así que tuve la oportunidad de vivir mi niñez rodeado de naturaleza muy cerca a casa.

Así como amaba la televisión y mis programas animados, me gustaba salir con mi hermano mayor, nuestro mejor amigo; recorrer los riachuelos de la colonia hasta los matorrales, arbustos y mezquites. Tirar piedras al agua, capturar insectos y deambular en general por ahí y por allá.  Jugar al escondite era especialmente sencillo cuando había árboles y arboles en casa tras casa de los vecinos y sus alrededores. Realmente no tengo ningún recuerdo del día a día de mi niñez, solo la idea general. Un resumen de lo que se supone que pasó. Lo único claro que tengo realmente son los sentimientos y cosas en extremo específicas. Un día de verano, tocándonos el anochecer mientras perdíamos el tiempo en la calle, cayeron del cielo cientos de miles de pequeños bichos negros. Hay dos cosas maravillosas que hace la inocencia en los niños ante algo novedoso para ellos, ya sea esto cosa común o algo realmente increíble. La primera es emocionarse por ese algo nuevo, maravilloso, algo digno de compartir con todo el mundo y gritar y estirar de sus ropas a su padre diciendo -Mira mamá, ¿qué no has visto eso? ¿no es genial?-, mientras que la otra opción es aceptar toda información nueva, absorberla como cotidiana por más mágica e improbable que sea rescribiendo así su concepto de la realidad. Para mis amigos y yo, la realidad de ese instante era que las luces de la calle comenzaban a encenderse empero la oscuridad de la noche continuaba su camino conforme palidecían ante la caída constante de insectos minúsculos, oscuros y en forma de escarabajo. Leves golpeteos, secos y rítmicos, nos rodearon e inundaron la calle conforme los animalitos chocaban con el techo de los autos. Tomamos algunas muestras de ellos entre nuestros dedos y confirmamos que efectivamente, eran escarabajos.

Deliberamos sobre las plagas de Egipto y bromeamos sobre el fin del mundo por el momento. Nos reíamos del Apocalipsis sin saber siquiera sus consecuencias. En retrospectiva, si la vida sobre la tierra hubiera acabado en ese instante, no me hubiese molestado en lo más mínimo. De igual manera y como ya se habrán dado cuenta, el Universo no colapsó, creo, aquella noche de verano. Sin embargo, nuestra apreciación de aquél espectáculo tuvo que esperar abruptamente debido a que uno de entre nosotros sintió un repentino malestar. Su piel había sido rociada en el cuello, bajo la nuca, y ahora se quejaba de un ardor que describía como insoportable. Era Fred, rascándose de dolor y corriendo a la cochera más próxima de un vecino por refugio ante la seca lluvia. Se hincó y abrió la llave de agua, se posó bajo el chorro y comenzó a tallarse su picadura, pero el dolor no cesaba. Todos  corrimos con Fred y huimos también. Todos en mi grupo de amigos queríamos a Fred, pues era gracioso, pero más allá; y personalmente pensaba, que todo grupo de amigos necesitaba de un Fred, en quien veía una función utilitaria. Una persona en la cual, forzosamente, toda fuente de daño en cualquier nueva aventura iba a recaer, una mala racha de nacimiento la cual alertaría del peligro a todo aquél con quien conviviese durante su vida. Claro que era consciente y aún de niño, que mi idea no era original, solo estaba aplicando los patrones conservados de las personalidades de los grupos de chicos de las caricaturas que veía, pero a pesar de ello me sentía orgulloso de haber pillado la referencia. Más tarde en la vida, cabe mencionar, Fred no pasaría el examen del ingreso al Instituto y se quedaría en una escuela muy lejana a la de nosotros, desapareciendo por el resto de nuestras vidas. Y ahí estaba yo, orgulloso de tener un grupo de amigos, un buen grupo de amigos. Orgulloso de no ser nuestro Fred, un raro orgullo acompañado de empatía, mientras lo veía retorciéndose del malestar en su cuello. Nos acercamos a él y vimos el enrojecido de su piel.

- ¡Vámonos!- gritamos, en medio de la calle y llegamos a casa de nuestro amigo. Su madre lavó su herida con alcohol y le puso una venda con ungüento, el cual eliminó la sensación del dolor. La lluvia cesó y Fred no volvió a salir en el resto de la noche.