24 abr. 2014

Una de lobos

En la esquina de una cuadra familiar, de un fraccionamiento relativamente viejo de la ciudad, se encontraba la casa y al mismo tiempo el negocio de un anciano, ya veterano en lo que se refería al mantenimiento de autos. Era un terreno que ocupaba alrededor de lo que serían dos casas regulares, con un patio grande, ocupado por árboles, macetas, partes de autos, el o los autos en turno a reparar, y habitado por un perro café pálido de aspecto firme. En su casa, hecha por el mismo anciano, se podía leer su nombre escrito improvisadamente en aceite para motor.

Escrito también en el mismo estilo, se podía leer colgando en uno de los árboles del lugar "CUIDADO CON EL PERRO".

El anciano había pagado los estudios completos de sus hijos a base de su trabajo en la vulka, para ello había procurado siempre trabajar sin ayudantes que no hubiesen sido de cuando en cuando sus hijos, y por ello, había agarrado el ritmo tan bien que ya no podía parar de hacer lo que toda su mitad de vida había hecho.

Sin sus hijos en casa parecía no haber otra razón para seguir ahí, más con todo el mundo alrededor teniendo sus hijos revoloteando por ahí, y, los de su calibre, sus nietos visitándoles cada tanto en tanto, hecho que solo lo alienaba más y más. Pero, y sin embargo, las cuentas seguían llegando, los clientes en la colonia no lo dejaban de recomendar y ya había dado la mitad del terreno de su casa para ello y su tiempo. Y para todo eso, estaba el Canelo.

Era el clásico perro de estar para un taller de autos. Su raza era indeterminada, pero era de gran tamaño, lo suficiente como para asustar a la gente, pero su apariencia no era la de un perro "de combate", con unos ojos demasiado grandes como para parecer temible del todo. Se encontraba en el centro del patio, unido a uno de los árboles por una larga cadena que llevaba al cuello asegurada a un collar con su nombre.

- Eres una maravillosa bestia, capaz de romper lo que sea con solo quererlo. Con solo acercarlo a tu hocico poderoso. Yo lo sé, porque lo he visto. Y aún con ello no me has hecho nada a mí. Te tengo atado, limitado a mi patio. Ya no te puedo sacar a pasear. Me matarías, estoy demasiado viejo. Te he regañado, golpeado y todo eso... y aún con ello estás aquí ¿Es porque te alimento? ¿Porque te cuido cuando estás enfermo? No lo sé, no tengo idea. Ni siquiera tengo idea si tienes idea de que lo que hago contigo es cuidarte ¿Lo tuyo es lealtad, cariño o solo comodidad? Lo único que sé es que... conoces tu lugar. El Universo funciona bien aquí. Aquí y solo aquí dentro de estos muros, entre estos fierros. Ya pienso demasiado, ¿no crees? Supongo que no importa... ya que sigues aquí. Además, ahí viene otro cliente.

Habían sido ya años de compañía, desde cachorro hasta adulto de ya pasada su primera década, y aún con ello, se mantenía joven y vivaz como desde el primer día en que pudo espantar al primer idiota en su intento de robo.

Llega una noche como cualquiera, cerrado el lugar con candado y cadenas, Canelo otra vez es libre para asegurar el terreno. Los niños corren afuera en la calle. Es un lugar apacible y la seguridad es proveída por el padre en turno, que se encuentra sentado en el pórtico de su casa, tomando un poco bajo la cálida oscuridad del verano.

Los niños corren y se persiguen entre si. Juegan juegos inventados en segundos, con reglas inventadas sobre la marcha. Hacen un círculo para armar una nueva ronda de juegos. Falta uno. Ladridos se escuchan al fondo y el padre de turno corre rápido hacia la calle al escuchar el grito en coro de los niños ante los bramidos. Es Canelo, y ha encontrado al niño restante.

De su casa, sale sobre exaltado, sabe que no eran los gritos de un ladrón a la fuga, de haber sido tal caso, hubiese dejado que Canelo hiciera su trabajo, para recompensarle después. Eran los dolores de un niño. Le atrapó por el collar y le alejó, mientras el niño caía al suelo con sus pantalones rotos ensangrentados y desgarrados, así como su voz.

Llegó la mañana, y Canelo se encontraba de nuevo arraigado a su poste. Lo único irregular era el bosal que le atrapaba el hocico impidiéndole el jadear. El niño se encontraba en el hospital, grave, muy grave, pero aparentemente estable. En el mejor de los casos, una cicatriz de por vida, pero quizás nada de que preocuparse más allá que de antibióticos y analgésicos. Canelo fue siempre un perro en regla y su cartilla ya había sido inspeccionada por las autoridades, las cuales se habían retirado para dejar de molestar. Ahora seguían los padres, que eran la razón por la cual la lengua de Canelo no se encontraba afuera. 

Desde la periferia de su árbol, les veía acercarse a la casa del viejo a tocar la puerta. Cruzar los charcos de aceite, a travesar entre partes de autos y autos completos, uno tras a otro a preguntar por él. Constantes en sus llegadas como en sus semblantes. No les abría, sabía a qué venían. Sabía sus intenciones. Ya se sabía el discurso.

Así la noche cayó. Cerrado el lugar con candado y cadenas, Canelo seguía confinado al árbol a través de su cadena, pero ya sin el bosal. El viejo sale de su casa una vez más, diferente. Lleva un arma larga en su mano.

- El Universo... el Universo solo parece funcionar aquí dentro, ¿verdad? Esas personas que viste pasar durante el día, esos humanos, burgueses -já! Rió un poco para sus adentros-... ellos no conocen su lugar. Nunca lo han conocido. Y tú si... porque yo también. Ahora quieren hacerte algo que siempre han querido hacerte a ti... y por lo tanto a mí. Ellos no parecen saber que hay un Universo aquí adentro. O quizás si lo sepan... y es solo cosa de envidia. Ellos no conocen su lugar, tú si.

Entonces le golpeó. Un golpe seco a la nariz. Canelo no responde, solo un leve lloriqueo sale de él. Es obvio que está confundido. Una lágrima sale del rostro del anciano.

- Eso lo sé, porque yo también lo sé.

Llega la mañana. Sigue el lugar cerrado con candado y cadenas. Eso se sabe porque una persona ha llegado puntual a tocar a la puerta. En su insistencia golpea la puerta y se entreabren las rejillas. Canelo seguía confinado al árbol a través de su cadena, y deja su posición de vigilia para voltear al escuchar el golpeteo.

El padre de familia le ve con atención y alerta. El odio, se ha transformado en miedo. Medio cuerpo del animal se encontraba ensangrentado y un arma a unos cuantos pasos, entre las manos dee un cuerpo inmóvil sobre un charco espeso rojo y plomoso.

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